El país de las maravillas

Entre la misoginia y la estupidez

Me estoy imaginando la escena en el Cabildo de Monterrey. En estas sesiones, los políticos suelen envolverse en las banderas partidistas para arrojarse lodo verbal, por lo general aguantando vara cuando las cosas se salen un poquito de cauce.

Pero esta vez las conchas de quelonio se volvieron frágiles muselinas, y del embarcadero salió el regidor Arturo Pezina con una etiqueta de “misógino” que le será difícil despegarse del pellejo.

¿Cómo ocurrió esta sandez? Todo empezó cuando habló Irasema Arriaga (PAN). A Eugenio Montiel (PRI), que al parecer sabe contar, se le ocurrió ofrecerle un ábaco para que recuerde el máximo de tres intervenciones por tema.

Oliendo trifulca, Óscar Mendoza (PAN) se quejó de que la oferta implicaba hostilidad hacia las damas. Y para mantener el uno y uno, Pezina (PRI) abrió la boca para hablar, en ese tono impersonal que adoptan los políticos cuando quieren verse magnánimos.

Dijo: “Yo no creo esa situación de que se esté violentando o tratando de lastimar a una persona por su género”. O sea: “Aquí nadie quiso ofender por la vía sexista”.

Luego se aventó la parrafada que encendió la mecha: “Yo creo que el ser humano tiene que ser medido por su capacidad; de hecho recientemente se manejó lo de la equidad en los puestos públicos. Entonces yo creo que es lo más correcto; incluso no debía ser limitativo, porque siendo la capacidad, si fueran más las mujeres capaces, pues debería haber más diputadas o más regidores mujeres que hombres”.

Repetiré el párrafo simplificando y aclarando:

“Yo creo que estaría bien que nos midieran por lo que somos capaces de hacer. Hace poco discutimos que haya equidad en los puestos públicos, lo que según yo sería lo más correcto. Es más, no tendría por qué haber cuota de género. Si nos midieran por capacidad, y si hubiera más mujeres capaces, pues obviamente habría más mujeres que hombres ocupando regidurías”.

Aunque se enojen mis amigas, yo veo aquí una dosis de incapacidad verbal más que un ataque misógino, por más que el asunto suene mal. Pero si Pezina no supo hablar bien, las damas de la sesión tomaron al vuelo la oportunidad para demostrar que, o bien son duras de oído (aunque sensibles de piel) o bien quisieron aprovechar la ocasión para hacerse las políticamente correctas. Y a la estupidez siguió un sainete.

Empezó la alcaldesa Margarita Arellanes, que le exigió a Pezina acotar su comentario. ¿Acotarlo? Más bien estaba exigiéndole que lo retirara, que se desdijera. Y otras ofendidas demostraron su madurez huyendo. “¡Eso se llama misoginia!”, dijo Norma Paola Mata (PAN), que con otras dos regidoras abandonó la sala, sin duda espantada ante el pecado nefando. Eso se llama abandono del puesto de trabajo.

“Le voy a pedir que reconsidere sus palabras”, dijo Sandra Pámanes (PAN), ya en plan francamente regañón. Y Arellanes cerró con una sentencia que debe haberle parecido oratoria fina: que los de Pezina habían sido señalamientos no del siglo pasado, sino del antepasado.

De ese tamaño fue el circo. Nos crecieron los enanos. Pero claro, qué más puede decir un misógino como yo, ¿eh?

horacio.salazar@milenio.com