El país de las maravillas

Mi deuda con los maestros

A lo largo de mi vida, muchas veces he criticado a los maestros, echándoles buena parte de la culpa por el triste estado que guarda la educación en México. Después de todo, ellos son los operadores principales de este proceso fundamental, ¿no?

Pero a medida que pasan los años, a medida que he conocido a maestros de muchos niveles y de muy diversos orígenes, poco a poco he dejado de verlos como los villanos de la historia. Ahora creo, y es una hipótesis temporal pero creo bien fundamentada, que muchos son, igual que sus alumnos, víctimas de un sistema que los corrompe y que a su vez ha sido corrompido por una minoría de vividores de los que hay en todas las esferas de la vida.

Admito que también he conocido a maestros granujas, de esos que sin mayor consideración por los niños o chavos a su cargo, se limitan a medrar en la línea de flotación, aprovechando cuanta ocasión se les aparece para sacarle jugo al sistema y a sus reglas. Reciben comisiones, becas, apoyos extraordinarios y más, mucho más de lo que merecen.

Pero esos pocos no bastan para opacar el trabajo silencioso, discreto, que hace la enorme mayoría de maestros en nuestro país. Yo, que tengo una memoria de teflón para los nombres, nunca he olvidado el nombre de mi profesora de tercero de primaria, Olga Garza López. No sé por qué razón se me quedó, como no sea que en una ocasión me dio un reglazo en la mano, supongo que bien merecido.

Llegué a pensar que una parte de mí había inventado ese nombre, pero por esas cosas de la vida llegó a mí un legajo con documentos que guardaba mi madre entre sus mil y un tiliches. Ahí encontré, entre fotos y diplomas, mis calificaciones de tercero, cuarto y quinto año de primaria.

Ahí están las firmas que atestiguan mi desempeño. Yo estaba entonces en el Centro Escolar "Venustiano Carranza", y el director de la primaria era el profesor Fidel Moreno Pérez. El nombre de mi maestra aparece en los cinco bimestres del documento. Pero además la profesora Olga también fue mi maestra en tres bimestres de cuarto año.

Tengo algunos recuerdos del profe Abel, mi maestro de sexto, y de Lenin Colunga Molina, que me enseñó a jugar ajedrez en la secundaria. Y sólo con los años he llegado a apreciar bien lo que todos esos maestros plantaron en mí.

Y a pesar de los años transcurridos desde que pisé los salones de clase, a pesar de que el alumno otrora brillante acabó con un currículo académico, digamos, un tanto mestizo, quiero pensar que no es demasiado tarde para decir, de todo corazón, ¡gracias, maestros!

horacio.salazar@milenio.com