El país de las maravillas

Cuando la leche es poca al niño le toca

En un pasado nebuloso llegué a leer un artículo de Salvador Malo que tenía el título de arriba. Lo publicó en diciembre de 1976 la revista Naturaleza, y seguramente el ejemplar lo tengo arrumbado en alguno de mis montones de revistas del año del quiquiriquí.

Más allá del sentido directo de la sentencia, un sentido que ningún padre (papá o mamá) se atreverá a discutir, existía y sigue existiendo un sentido metafórico tan aplicable entonces como ahora: la ciencia, esa actividad tan crucial para el desarrollo de las naciones, era en 1976 ese niño al que aludía Malo, pero no estaba recibiendo la leche apropiada. El resultado es la ciencia de nuestros días, encomiable pero siempre insuficiente.

Me acordé del artículo de Malo al repasar una nota que apareció en un blog del diario The Wall Street Journal y que alude al trabajo de un think tank llamado The Copenhaguen Consensus Center, el C3.

Brevísimo antecedente: el año próximo llegamos a la fecha que las Naciones Unidas (ONU) definieron para ver si se alcanzan los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio. Mucho se ha progresado, si bien no todos los países lo conseguirán. Pero ya falta tan poco tiempo que es imperativo pensar más allá.

Eso es lo que han hecho los amigos del C3: se han puesto a pensar en metas más allá del 2015, y uno de sus proyectos se llama el Consenso Post-2015. En esencia, reúne a 60 equipos de economistas con toda clase de grupos (ONG, agencias, negocios) para evaluar distintas metas posibles en busca de lo que los gringos llaman the most bang for the Buck, o sea las presas más rentables.

¿Por qué? Porque no hay leche para todos esos niños. Mire usted una de las razones por las que su trabajo es importante: la ONU puso a pensar a su llamado Grupo de Trabajo Abierto, y los eruditos sacaron una lista de 169 metas posibles. Francamente, repartir la leche entre 169 proyectos equivale a no nutrir bien a ninguno.

Por eso los expertos del C3 llevan tiempo valorando las consecuencias económicas de cada meta, para poder dividirlas en categorías de rentabilidad.

Y los resultados, medidos en dólares generados por cada dólar invertido, traen algunas sorpresas y despertarán sin duda muchas polémicas.

Veamos unos pocos resultados, y por favor no se enojen con el mensajero: el C3 tiene todos sus estudios en línea, para que los aporreen cuanto quieran.

¿Salvar los bosques? Encomiable meta, pero no produciría ni para cubrir gastos.

¿Proteger los arrecifes de coral? Parece más elitista, pero cada dólar invertido produciría 24 dólares.

Aquí vienen datos polémicos: cada dólar invertido en tratar e investigar vacunas contra el VIH-SIDA generaría 11 dólares.

Cada dólar invertido en proveer acceso a internet de banda ancha, de modo que el actual 10 por ciento de la población llegue a 30 por ciento, generaría 21 dólares.

Por supuesto, cada dólar invertido en luchar contra el paludismo generaría 35 dólares, y cada dólar apostado a reducir la malnutrición infantil proveería 45 dólares.

Esto significa que hay que pensar mucho, y bien, para que el mundo decida dónde se invertirán los dólares de ayuda al desarrollo. Será polémico, pero es una tarea que hay que hacer. A ver si aprendemos.

 

horacio.salazar@milenio.com