El país de las maravillas

Como hay impunidad, necesitamos participación ciudadana

Luis Petersen sentó a la mesa a tres personajes para inquirir un poco acerca de una idea largo tiempo acariciada y todavía carente de pies para caminar: la de contar con una ley que establezca mecanismos que los ciudadanos puedan usar como instrumentos de actividad política para participar en la vida democrática más allá de la mera elección.

 

Indira Kempis, pero sobre todo Juan Carlos Ruiz y Francisco Cienfuegos, me dejaron un poco a deber, porque hicieron algo que ha sido común en los representantes populares desde tiempo inmemorial: separar lo dicho de lo hecho.

 

Me explico. Los políticos siempre se han dicho dispuestos, o dispuestísimos, a escuchar la voz del pueblo. Pero a la hora de la verdad, a la hora de sacar las cosas, en general sólo escuchan la voz del partido. Por eso decimos que tenemos una democracia de partidos más que una democracia verdaderamente popular. Por eso hay grupos de ciudadanos con la mecha bien prendida que quieren esos mecanismos de los que hablaba para poder incidir en cuestiones ejecutivas: ¿que un alcalde nomás no saca la bola del cuadro? ¡Hay que defenestrarlo! ¿Que un legislador se la pasa en la holganza sin hacer su trabajo? ¡Echémoslo de su curul!

 

Se dice fácil. El problema es que los mecanismos de participación ciudadana existentes, aquí y en China, están todos supeditados a que las cosas funcionen, y eso es algo en lo que a pesar de los innegables progresos, todavía estamos en la prehistoria. ¿Un referendo un plebiscito? Si no podemos hacer una elección limpia, a pesar de ponerle 400 candados, ¿podremos compulsar con limpieza lo que piensa la gente? Hacemos encuestas telefónicas, a sabiendas de que con eso dejamos fuera a quienes no tienen teléfono, o las planteamos con errores metodológicos de primaria, induciendo las respuestas y vendiendo trama.

 

No quiero ni imaginarme cuánto nos costaría implantar mecanismos de participación ciudadana con candados: somos de por sí una democracia tan cara como ineficiente. Llenarnos de mecanismos para que la gente participe nos volvería un país de políticos, donde todos seríamos políticos no sólo en el sentido aristotélico, sino en los hechos y por conveniencia.

 

No dudo que necesitamos medios para echar a los francamente malos o haraganes o corruptos. Pero hasta eso tenemos que aprender a hacerlo. Lo que en verdad necesitamos es construir reglas que obliguen a transparentar todo lo que ya tenemos, y no sólo a iniciativa de gente movida e incansable, sino que la transparencia sea un prerrequisito de operación. Y necesitamos darle una mordida a la impunidad, pero una mordida de verdad: si llega un día en que veamos que es práctica común que los políticos transas pagan su corrupción restituyendo lo saqueado y con pena corporal, no necesitaremos más.

 

Vaya, lo único que quiero decir con este argumento no totalmente bien cocido (o cosido) es que si la participación ciudadana parece tan necesaria es porque la impunidad es la norma. Mejor legislen para hacer imposible la impunidad, y les aplaudiré hasta que me duelan las manos.