El país de las maravillas

Más sobre el género y las cuotas

Escribí la semana pasada un artículo triste sobre la igualdad femenina, en el que concluía que en nuestro querido País de las Maravillas lo que se busca no es la justicia (lo más deseable) ni la igualdad (deseable en parte) sino la cuota (lo más chabacano y prehistórico).

Pero si alguna cosa tenemos garantizado en nuestro terruño es que reflexiones así no sirven más que para ventilar las propias frustraciones, porque la realpolitik no se mueve con teorías ni con ideas románticas, sino con realidades marcadas por la ambición, el quedar bien, la corrección política y otras sandeces disfrazadas en un discurso que pretende ser revolucionario y ya no dice nada.

Escribo esto después de leer, otra vez triste, el anuncio que hizo Emilio Buendía, descrito como asesor del Consejo General del Instituto Nacional Electoral.

El dicho Emilio dijo que de los siete integrantes que tendrá cada uno de los Organismos Públicos Locales Electorales en las entidades que conforman México, al menos tres serán mujeres. Y luego dijo, supongo que para concitar el aplauso, que ese es ya un compromiso del INE a pesar de que los lineamientos hablan de la paridad como un ideal no forzoso.

Permítaseme un segundo para aplaudir, pues. Clap.

Listo. Ahora ya sabemos que en cada uno de estos cuerpos, al menos tres serán mujeres. Yo hubiera preferido que el INE me garantizara un gasto transparente, procesos abiertos visibles al público, elecciones limpias e irrecusables, que para eso nació.

Pero en vez de garantizarme una elección como los estatutos mandan, me prometen un conjunto de árbitros con paridad de género. Habrá mujeres aunque no sean las mejores, como hay hombres, aunque no sean los mejores. Pero todos seremos felices aunque pueda haber ineptos, compadres, comadres, transas, lo que sea, sin garantía de elecciones limpias. Pero con paridad de género. Clap.

A mí no me importaría si los siete integrantes del Organismo Público Local Electoral de Nuevo León fueran mujeres, siempre y cuando fueran las mejores, las más honestas, las más confiables, las que me garantizaran la elección abierta, limpia, honesta, confiable, que quiero ver. Tampoco me importaría si fueran siete hombres.

Vaya, a lo que voy, y sé que ya quedó claro para todos, es que a mí me importa el desempeño y los resultados. Denme buenos resultados y les aplaudiré, tengan tacones o tengan bigotes o sean del género que sean. Pero funcionen.

Y por favorcito, ya olvídense de quererme chantajear con el viejo mensaje victimoso y lagrimiento del techo de cristal y esas cosas. Convénzame con argumentos, sean del género que sean. Quiero, como lo quiere toda la ciudadanía, que las personas a cargo de las funciones públicas sean personas evaluables a lo largo de todo su periodo como funcionarias, que sean personas defenestrables si hacen las cosas mal, pero que sean elegibles y reelegibles si las hacen bien.

Parece mucho pedir, pero si ha sido posible en otras latitudes, es posible en estas latitudes. Sólo hay que erradicar al neandertal que llevamos dentro y pensar como personas. Nada más (¡Y feliz cumpleaños, Monterrey!).

horacio.salazar@milenio.com