El país de las maravillas

Una estrella para los angelitos

Ella escribe su nombre como Citlali, que significa estrella, y se apellida Morales Díaz. Tras un rato de charla con mi primo Hilario, se concluye que Citlali, Hilario, mi primo Homero y yo ¡somos parientes! Este país es un pañuelo. No es broma. Por el lado de mi padre hay relación con el caudillo suriano Emiliano Zapata, cuyo segundo apellido era Salazar, y Citlali también lo cuenta en su árbol familia, de modo que los contertulios resultamos un poco parientes.

Citlali vino a contarnos la historia de su organización no lucrativa llamada Dos Mil Angelitos. Ella dice que entre los niños indígenas y pobres con los que trabaja hace al menos una década, dos mil significa muchísimos; es el modo en que esos niños aluden a un número inimaginable, enorme.

Nos cuenta historias de niños. Viven en familias marginadas, desbaratadas, atadas al suelo por la ignorancia y la falta de oportunidades. En muchos casos los habitantes de los rincones donde trabaja, en el estado de Morelos, pasan toda su vida en el mismo caserío. Un niño le presume, sonriente, que él ya viajó hasta un remoto lugar... a cinco kilómetros de distancia. Un trotamundos. Cuando ella, con los fondos de que dispone para su programa, los llevó a conocer la Ciudad de México, los pequeños volvieron con los ojos como estrellas para compartir con su gente las grandezas capitalinas.

¿Qué hace Citlali? El nombre completo de su organización es Dos Mil Angelitos de Mentes Brillantes en Cuautla y Ayala, iniciales de DAMEBECA, el nombre inicial de la organización. Y lo que ella hace es aprovechar fondos federales para becar a niños de 5 a 12 años en situación de atraso, a los que durante varias semanas de cada verano se ofrece atención muy dirigida para mejorar su actitud ante la escolaridad.

Les comparten valores, les afianzan el aprendizaje en español y matemáticas, y sobre todo les enseñan a valerse por sí mismos. Citlali dice que debe ponerse firme ante las mamás para decirles que el dinero de la beca es para los niños, no para el papá ni para la mamá. Y otro regalo emblemático de su programa es un pupitre de madera que se entrega a cada niño como señal de que las tareas requieren de un espacio pequeño pero funcional, propio de cada niño.

Citlali hace honor a su nombre en rincones de Cuautla y Ayala donde más se requiere asistencia, y yo le creo cuando ella dice, entusiasta, que su programa se puede implantar, con todo y pupitres, en muchos municipios pobres de México. Así sea.


horacio.salazar@milenio.com