El país de las maravillas

El elefante en la cristalería

Mientras escribo, las bocinas de mi laptop reproducen la canción “Hotel California”, y más allá, al fondo, escucho el sonido de la lavadora que está secando mi ropa blanca. Dos celulares reposan en la mesa, atentos a la llegada de alertas capaces de unirme con el mundo de la noticia.

Usted que lee esto pensará que describo una escena simple para un animal urbano en el México del siglo XXI. Y eso es justamente: una escena tranquila que combina mi actividad creativa con algunos apoyos tecnológicos para hacer mi vida más cómoda.

Recuerdo luego el Nuevo León de los años ochenta, y viene a mi mente la sensación de impotencia que me invadía cuando la falta de lluvia nos obligaba a reducir el uso de agua. Los ciudadanos debíamos acordarnos de guardar agua para el baño… o pagar las consecuencias. Y cuando esto ocurría en verano, la falta de agua se combinaba con exceso en la demanda eléctrica y con apagones de varias horas. Me acuerdo así de noches en las que, acalorado, trataba en vano de dormir. No había agua para un regaderazo, y si me daba un baño de cubeta, la frescura duraba poco, pues el calor era como un comal sobre el techo.

Esa sensación de impotencia la vivió el mundo entero este viernes, a medida que la pesadilla electoral de Estados Unidos se formalizó en una ceremonia en la que se elogiaron las virtudes de la democracia, que pronto empezó a ser pisoteada por las primeras medidas del presidente Donald J. Trump.

Hoy muchas columnas detallarán las complejidades de la relación México-Estados Unidos, y nos darán esperanza hablando de la estabilidad esencial del sistema político o nos hundirán en vaticinios lóbregos acerca de un futuro torvo y negativo.

Yo me quedo con dos indicios del porvenir: la instantánea desaparición, en el sitio web de la Casa Blanca, de los temas cambio climático y efecto invernadero, pero también de la opción para consultar temas en español. La administración Trump ya le dio la espalda a la ciencia y a su minoría más grande. Llegó la hora de los WASP y los rednecks.

Si bien es cierto que Estados Unidos está en su derecho de hundirse como país, también lo es que si soy vecino de un elefante loco y éste empieza a brincar, vale más que esté atento, porque en sus brincos nos puede llevar de encuentro.

¿Qué hacer entonces? Como el elefante es grande y poderoso, no hay modo de sacarle la vuelta. No hay otra que enfrentar la situación de la mejor manera. Y si algo sabemos los mexicanos, es que la mejor manera consiste en trabajar unidos. Echemos pues a un lado los nubarrones y, trabajando unidos con manos y mentes y espíritus, saquemos adelante a este México al que tanto amamos.

horacio.salazar@milenio.com