El país de las maravillas

El derrumbe... de la credibilidad

Estoy de acuerdo con Javier Sepúlveda, quien escribió ayer en este espacio que el derrumbe sampetrino que cobró ya la vida de cuatro trabajadores no fue producto de un accidente, sino de “una serie de estupideces, omisiones y corruptelas derivadas de la ambición y la codicia de un constructor avaro que prefirió arriesgar la seguridad de sus empleados antes que gastar en prevención”.

Yo todavía no puedo digerir la idea de que en San Pedro Garza García, donde se presume del mejor nivel de vida de todo México, se acepten prácticas tan increíbles como construir sin permiso de las autoridades, o sacar un permiso para edificar equis pisos y luego echarle más y más pisos al edificio, al cabo luego nos arreglamos. No entiendo cómo, con el antecedente de que ya había muerto un operario en la misma construcción, se permitió la reanudación de la misma sin escudriñarla con lupa.

Dijo el secretario municipal que hubo negligencia por parte del constructor o desarrollador, y se puso el traje de Pilatos diciendo que “poco puede hacer la autoridad donde la negligencia es manifiesta”.

No, señor Bichara: una autoridad que renuncia a su capacidad de control no es autoridad. Si la negligencia es manifiesta, la autoridad está obligada, de oficio, a usar la fuerza de la ley para terminar con la negligencia o para terminar con la obra.

Está más que claro que aquí hay contubernio, complicidad, dejadez y más estupideces no sólo por parte de desarrollador, que evidentemente está siguiendo prácticas comunes en la industria de la construcción: ya lo dijo un compañero de los muertos; cuando se quejaron, los amenazaron con correrlos o suspenderlos una quincena.

Sepúlveda escribió ayer que el supuesto blindaje de seguridad en realidad está amparando la operación de una delincuencia organizada de otro jaez, una mafia que todos conocen y a la que nadie, dice, “se atreve a tocar”. Yo agregaría que no sólo hay el temor a tocarla. En este remake de las películas de mobsters de los 50 no se puede ni nombrarla: es increíble que días después de la tragedia todavía no se diga ni el nombre del desarrollador o los contratistas. Está claro que por ahí hay nombres gordos.

Dicen muchos que vivimos una crisis de valores. Que ya es difícil creer en muchas cosas. Sí, pero la crisis comprende a toda la sociedad. Como decía el famoso cartón de Pogo, “hemos encontrado al enemigo, y el enemigo somos nosotros mismos”.

Porque nosotros somos los que en última instancia permitimos estas cosas. No tenemos autoridades con autoridad porque no creamos autoridades reales, nos limitamos a dejar que los partidos políticos o las promesas o los compadrazgos nos compren la conciencia.

Todos entendemos que la vida es dura, y que trabajar de firme es necesario en todos los frentes para sacar a la familia. Pero no dejemos que se rebasen los límites de la humanidad y que crímenes como los de la construcción sampetrina sigan impunes y sin castigos ejemplares. Ah, pero vivimos en el país de aquí no pasa nada.

 

horacio.salazar@milenio.com