El país de las maravillas

Como burros sin mecate

La población y los políticos andamos, por usar una imagen mañanera, como huevos divorciados, cada uno tiene su propia salsa y su propio sabor, aunque estén en el mismo plato, y no pocos políticos adoptan una actitud de “juntos pero no revueltos”. Y aunque no la adopten, la gente no es tonta y sabe que esa casta que ahora se ha apropiado de la nación puede poner cara de víctima pero en realidad es una rémora en el camino al desarrollo.

En otras palabras, ando de mírame y no me toques.

¿Pues qué pasa? Algo muy fácil de decir: aunque mi memoria es tipo teflón porque muy pocas cosas se me pegan, no me acuerdo de haber vivido una época en la que los intereses de los políticos hayan estado tan divorciados de las mortificaciones ciudadanas.

A lo mejor es sólo mi impresión. A lo mejor así ha sido siempre la cosa. Es lo más probable, pero no puedo evitar el observar que las preocupaciones del pueblo pasan cada vez más a la pila de las “cosas que no importan”, donde la letra chiquita dice: “pero que se dicen esenciales, para aplacar a la raza”.

¿Qué le preocupa al ciudadano? La preocupa llegar con algo en la bolsa al fin de semana o quincena, según le paguen; le preocupa estar pagando el regreso a clases de uno o más chicos o chicas, en un ambiente en el que no está seguro ni de si habrá clases ni de si valdrá la pena meterle tanto dinero bueno al malo; le preocupa ver de qué tamaño va a llegar el recibo de luz, y el de gas, y el de agua, algunos el de teléfono, el del cable, y así sucesivamente hasta el adelgazamiento máximo de la sufrida cartera familiar.

Le sigue preocupando, cómo no, el tener que vivir mirando tras el hombro, cuidando sus salidas, cuidando los sitios por donde pasa, porque nadie garantiza la seguridad en términos absolutos. Y nadie, por supuesto, quiere ser una baja colateral en una guerra que se dice ganada pero que vive hoy día la sorpresa de que los malos se están poniendo de acuerdo mejor que los buenos.

Le preocupa sobre todo la impunidad rampante en todos los niveles de gobierno. Unos se tapan a otros, otros le echan la culpa a la ley y a su falta de aplicación, otros se dicen atados de manos para aplicar la ley, otros más se gritan autónomos pero no pueden progresar porque están esperando línea del centro.

¿Y los políticos? Fuera de algunos entusiastas que no hay dejado de mover los pies desde que se sentaron en su cargo, una gran parte llegó a la etapa de hay que esperar para ver por dónde masca la iguana. Hay que cuidar la plaza. Hay que identificar al padrino. Hay que olfatear bien la oleada de cambios para no convertirse en roadkill de la grilla.

Los que creen tener piernas de jinete aunque en realidad no conozcan a los ciudadanos más que porque leen sobre ellos en la prensa, sacaron a pasear sus ambiciones de manera más bien cruda, sin la menor disciplina, sin el menor rubor, como burros sin mecate.

Y el ciudadano no puede menos que preguntarse: ¿cómo, cómo diablos fue que llegamos a entregar el poder y el dinero a una casta de tan bajo rendimiento como esta bola de (llene usted la última palabra)? ¡Cómo!

horacio.salazar@milenio.com