El país de las maravillas

¡No a los bravucones!

Supongo que el Día de San Valentín fue factor para que se diera una especie de tregua pequeña en el tira tira entre partidos políticos, o entre Congreso y Gobierno del Estado, o entre regidores tricolores y albiazules. Ayer todos anduvieron de un cursi subido, unos incluso repartiendo rosas, y bueno, por volver al principio, supongo que esto permitió una oportunidad para que Rodrigo Medina instalara lo que llamará la Mesa contra Bravucones.

Y le digo así porque el nombre oficial, Consejo Estatal para la Prevención, Tratamiento y Erradicación del Acoso y Violencia Escolar es una verdadera aberración, tanto por lo largo como por lo mamuco.

Estoy seguro que a todos los animan las mejores intenciones, y dudo que alguien quiera ponerse del lado de un abusador, pero pensar que es posible erradicar de las escuelas la sombra perversa delbullying es un sueño guajiro en el que creeré el día en que vea al Congreso y el Gobierno Estatal trabajar juntos en verdad. 

Me consta, porque en al menos un par de ocasiones recibimos en MILENIO Monterrey la visita de los diputados Édgar Romo García y Alfredo Rodríguez Dávila, que desde ambas bancadas han estado buscando el modo, primero, de sacar un marco legal para atacar la bravuconería, y segundo, de organizar estructuras y responsabilidades para que la lucha antimachines tenga posibilidades de éxito.

Así que ya está cumplida una parte laboriosa del trabajo: se instaló el consejo. Ahora viene la parte sabrosa, la parte más técnica: el diagnóstico (que será muy limitado porque el acoso escolar tiene casi tanta cifra negra como el secuestro: a nadie le gusta decir que lo intimidan) y el juntar piedritas, es decir, el integrar un conjunto de herramientas que puedan aplicarse y medirse y que se integren a un plan de trabajo pragmático, viable, mejorable.

¿Qué podría pasar? Lo más probable, dice mi intuición, es que a medida que le rasquen llegarán a por lo menos dos conclusiones: la primera,  que detrás de las agresiones malsanas hay siempre factores familiares derivados del desequilibrio social. En pocas palabras, si el padre de familia es un macho desaforado, o si la madre de familia es una virago explosiva, si hay ignorancia, pobreza, frustración, impotencia, será muy difícil hacer una buena tarea preventiva, y habremos de conformarnos con tratar de reparar los daños de la bravuconería.

La otra conclusión que me parece esperable es que la violencia no es per se mala en un 100 por ciento. Se requiere un cierto nivel de agresividad para que haya competencia, y el chiste es que resulta muy difícil decir de antemano qué se vale y qué no se vale. Por eso las sociedades le dan al Estado el poder de regular la violencia interna, lo cual sólo funciona cuando funciona el Estado, no cuando el Estado hace agua por el mismo agujero. Porque, ya entrados en gastos, el terrorismo fiscal y otras medidas legales de presión son, también, formas institucionalizadas de bravuconería. .¿O no?

 horacio.salazar@milenio.com