El país de las maravillas

Un adiós para José Emilio Amores

Le debo al Tecnológico de Monterrey, que cumplió 70 años en 2013, la oportunidad de haber conversado un rato con el ingeniero José Emilio Amores. Yo lo conocía por su reputación, por supuesto: cuando mis hermanos y yo empezamos a escribir y esas cosas, él ya era una figura legendaria en el ambiente cultural de Monterrey.

Yo lo vi en algunas ocasiones, en eventos, pero no había platicado con él. Por eso a principios del año pasado llegué a la entrevista con él con la sonrisa del gato que se comió al canario. Me advirtieron que tenía programada una visita al doctor y nos dejaron en una habitación, con música clásica al fondo.

Platicar con el ingeniero Amores fue como echar un largo vistazo a la historia del Tec de Monterrey. Con sencillez y buen humor, me compartió sus experiencias con los distintos rectores de la institución. Primero León Ávalos Vez, que lo contrató cuando el Tec ni siquiera tenía rector: se le llamaba director. Luego, sucesivamente, Roberto Guajardo Suárez, Víctor Bravo Ahuja, Fernando García Roel... El recorrido por la historia es amplio.

Nacido en Tabasco, José Emilio Amores Cañals estudió en la Ciudad de México y una cadena de casualidades lo llevó a la oficina de reclutamiento de León Ávalos Vez, quien lo contrató en 1944, cuando el Tec de Monterrey aún no cumplía un año. Llegó un domingo de verano, agotado tras viajar 22 horas en un autobús de Transportes del Norte, pero pronto se familiarizó con la ciudad a la que pavimentó “con la suela del zapato”.

Ingeniero químico, su trabajo inicial en Monterrey fue como profesor de química junto con Carlos Duhne y Pascual Larraza. Impartían cátedra en la casona del Barrio Antiguo, que era entonces la sede del Tecnológico.

En sus primeros años como profesor estaba frente a grupo 34 horas por semana. Tres años después le agregaron la responsabilidad de dirigir la preparatoria del Tec y su carga académica bajó un poco. Pero como era un individuo versátil, el rector Guajardo Suárez le encomendó tanto las actividades deportivas de la institución como la instancia que se llamaría Sociedad Artística Tecnológico.

En aquellos tiempos, me contó el ingeniero Amores, todo era pequeño y personalizado: cuando el Tec se mudó al edificio de Aulas I, no había arriba de 900 alumnos, 300 de ellos en la prepa. Y él se la pasaba horas y horas cumpliendo con sus deberes. Un día, Guajardo Suárez le cayó en el laboratorio y tras las cortesías iniciales le preguntó qué salario tenía. “Me pagan 600 pesos mensuales”, replicó. El rector lo miró de soslayo, ladeó la cabeza y se fue sin decir palabra, pero a los dos días regresó y le dijo: “Oye, estaba mal eso; tu sueldo son 900 pesos mensuales. Ya está arreglado”.

Entre sus muchas aportaciones, el ingeniero Amores inventó, en el ya lejano 1947, sesiones musicales nocturnas. Le dieron para comprar un tocadiscos que reproducía los viejos platos de 78 rpm, y se organizaron sesiones didácticas: seguían la programación musical de Bellas Artes, algún alumno ofrecía una explicación de la obra a escuchar, otro comentaba una semblanza del autor, se distribuía un folletito con datos y luego las noches del Tec se llenaban de música. En mi imaginación, esta noche en los jardines del Tecnológico el viento aún trae los ecos de aquellas sesiones, tal vez para despedir al querido ingeniero Amores.

horacio.salazar@milenio.com