El país de las maravillas

¡Salucita!

Un reciente estudio científico nos permite decir, con seriedad, que al ingerir unas cervezas o jaiboles no estamos cometiendo el pecado de “empinar el codo”. No: estamos validando la pervivencia de una adaptación biológica que tal vez fue la que nos hizo humanos.

Me explico. Muchos animales, si por casualidad ingieren algo que contenga alcohol, pueden intoxicarse, enfermarse o incluso morir. Los humanos no, porque tenemos una familia de enzimas llamadas ADH4. Se trata de unas proteínas que, al toparse con moléculas de etanol (lo que nos emborracha) las fragmentan para evitarnos daños. No es un proceso perfecto, y por eso la embriaguez y, ¡ay!, las crudas, pero al menos sobrevivimos a la borrachera.

¿De dónde sacamos los humanos esta capacidad para neutralizar los efectos del alcohol? Es una buena pregunta. Cuando se empezó a pensar en ello, quedó claro que había dos posibilidades principales: la primera, que fuera algo aparecido cuando nuestros tatarabuelos empezaron a consumir alcohol (como productos fermentados) hace unos nueve mil años. La segunda, que fuera una adaptación evolutiva mucho más vieja.

Así que unos científicos, encabezados por Matthew Carrigan, del Colegio Santa Fe (Florida), empezaron a estudiar la historia bioquímica de las enzimas ADH4. La ciencia ya permite ofrecer gran claridad en estas cuestiones, así que los investigadores, estudiando estas moléculas en 19 especies de primates, pudieron reconstruir lo que muy probablemente ocurrió.

Las enzimas son proteínas, o sea cadenas de aminoácidos en un orden muy específico. El equipo de Carrigan determinó que hace unos diez millones de años ocurrió una mutación clave: la tatarabuela de la molécula ADH4 tenía un aminoácido alanina en la posición 294 de la cadena, y por alguna causa sustituyó esa alanina por el aminoácido valina. ¡Y voilá! Ese cambio fue explosivo.

Los científicos estudiaron la proteína ADH4 vieja, antes de la mutación, y la proteína ADH4 nueva, después de la mutación, y descubrieron que la nueva puede metabolizar el alcohol ¡cuarenta veces mejor que la enzima anterior!

Las mutaciones suelen ser riesgosas y hasta letales. Pero esta en particular ocurrió en un momento clave. En el este de África, donde merodeaban esos pequeñajos que fueron nuestros ancestros, ecosistemas boscosos se transformaron en pastizales y sabanas. Esto obligó a los primates a dejar la seguridad de los árboles y a buscarse la vida a nivel del suelo.

¿Qué había en aquellos suelos ancestrales que no había en los árboles? Frutas caídas, frutas que se pasaron de maduras, fermentaron y por lo tanto contenían alcohol. En esas condiciones, los protohumanos que tenían la mutación podían comerse esa fruta pasada, emborracharse un poco y seguir vivos. Quienes no tenían la mutación, comían la fruta y se enfermaban. ¡La proteína mutada les dio ventaja a los mutantes!

O sea que hace diez millones de años, pequeños antepasados nuestros aprendieron a disfrutar la embriaguez de las frutas fermentadas. Tuvieron las primeras crudas pero siguieron vivos en tiempos difíciles. Esa experiencia es la que revivimos cuando libamos en temporada navideña. Así que ¡salucita! Hagamos ciencia libando (con moderación).

horacio.salazar@milenio.com