El país de las maravillas

Regreso a clases

El horario totalmente roto por las desveladas dándole al Xbox, mi hijo pasa sus últimas noches despierto y sus últimos días dormido: este lunes termina lo que para él han sido unas vacaciones efímeras, y para nosotros, sus papás, un tramo largo y complicado.

Aún falta parte del jaloneo propio del regreso. La “inversión formativa” que significa, en primer lugar, y puesto que César está en una escuela privada, la compra de nuevos uniformes. Los anteriores, o le quedan de brinca-charcos, pues el guache creció, o están hechos garras, pues por lo visto crecer significa limpiar con las rodillas las zonas más ásperas del suelo.

Luego viene la compra de libros y material escolar. El chaval cambiará de nivel y entrará, ¡ya!, a primero de secundaria. Esto significa cerros de materiales, reglas, diccionarios, libretas, sacapuntas, plumas, papel contact, borradores, colores y cosas así, pero también un tambache de libros capaz de descoyuntar a un forzudo, libros que por cierto tienen que ir debidamente forrados e identificados.

Hay que llevar a César a una estética para que descubramos si debajo de esos mechones aún le queda algo de frente, y para poder verle los ojos, las orejas y la nuca. Ya se sabe, al parecer en las escuelas creen que no se puede pensar con el pelo largo. Le digo a César desde mi calvicie envidiosa que si le va bien, a lo mejor podrá dejarse crecer el pelo... Cuando llegue a la prepa.

O sea que viene un fin de semana traqueteado para que el lunes vuelva la odisea de entregar al pipiolo en el plantel. Por una parte está bien puesto que al fin, ¡al fin!, medio terminaron la obra eterna de Lázaro Cárdenas junto al WalMart, obra que nos hizo la vida de cuadritos durante un tiempo que pareció eterno.

A cambio de ese alivio, claro, ya nos enjaretaron otros agravios. Por los rumbos de la escuela de César habrá que sacarle la vuelta a la lateral de la avenida, pues pasarán meses antes de que arreglen el agujero que dejó hace días una fuga y explosión de gas. Y la obra que acometieron las huestes de Margarita en Garza Sada y Alfonso Reyes al parecer les pegará sobre todo a los vecinos que deben usar las laterales, pero no a quienes sólo pasamos por encima.

Pero vuelvo al regreso a clases. En estos días, viendo a mi hijo dormir a deshoras, me pregunto con toda franqueza: ¿En verdad aprenderá en la escuela lo que debe aprender? ¿En verdad está labrándose un futuro?
Si uso como guía las noticias recientes, escasean las notas locales que como mínimo me sugieran que el saber importa, que hay gran valor en la educación. Porque lo que más encuentro son indicios de que el cinismo, la ramplonería, la improvisación, el valemadrismo, son mejores garantías de futuro.

Recuerdo los lejanos días en que yo pasé de primaria a secundaria. Yo era un chico miope, limitado por eso en lo físico, devorador asiduo de naranjas, galletas y libros, cándidamente ajeno a lo que se me venía encima. Por eso en verdad le deseo de todo corazón a César que la secundaria le venga bien y complemente su crecimiento.

 

Entre tanto, hay que apolingarse.

 

horacio.salazar@milenio.com