El país de las maravillas

Recuerdos del padre Mier

Hace un cuarto de milenio nació en el corazón de Monterrey un personaje de lo más acomodaticio: Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra, un sujeto contradictorio, correoso, buscapleitos, talentoso, hábil, quejumbroso, para quien debió inventarse aquello de que nadie es profeta en su tierra, porque si bien fue diputado por Nuevo León, en su primer acercamiento de regreso a la patria lo esperaba una condena de excomunión suscrita por el Cabildo Eclesiástico de Monterrey.

El padre Mier fue dominico, y murió al parecer reconciliado con la orden de los predicadores, de la que acabaría siendo un ejemplo arquetípico, porque era tan elocuente que le decían “lengua de plata”, aunque también debió ser, a juzgar por algunas transcripciones de sus arengas en el Congreso Federal, una verdadera garrapata en la oreja.

Durante buena parte de su vida fue la encarnación más realista de un buscón, un pícaro que recorrió mil caminos europeos acechado por las burocracias y los enconos eclesiásticos, amo de la fuga y, sobre todo, de la recreación literaria de su azarosa vida.

Aunque se dijo varias veces descendiente de nobles españoles y de emperadores aztecas, lo que lo habría convertido en mestizo, presumió de hidalguía, y esa contradicción le acompañó toda su vida. Se quejó amargamente en todos los tonos y ante todo el que quisiera escucharle, pero lo cierto es que sólo en sus primeros escarceos con la justicia fue muy maltratado; en los sucesivos fue tan afortunado que pudo traer y llevar a través del Atlántico baúles repletos de libros y aunque como buen Jeremías lloró y se lamentó por su pobreza, rara vez le faltó un criado o una parienta que cuidara de él.

Como si fuera un Forrest Gump decimonónico, tuvo la previsión o la fortuna de estar muchas veces en el ojo de cuantos huracanes zarandearon la declinante Corona española: participó como capellán en las tropas españolas que lucharon contra Napoleón, le tocó ver muy de cerca la Batalla de Trafalgar y se carteó con los pensadores más agudos de su tiempo.

Tan hábil con la pluma como en la oratoria, se las arregló para ignorar los destrozos de su mano para escribir a buen ritmo una obra que todavía es más platicada que leída, obra que deja ver un espíritu bien formado para el alegato, una mente brillante y obsesiva y una noción clara de ser una de las figuras señeras de su generación.

Aunque es fama que nació en la casona que es hoy el Sanborn’s del centro de la ciudad, lo cierto es que una vez emprendido el camino a la capital, nunca volvió a pisar Monterrey, y pasó los últimos años de su vida como un huésped exótico en Palacio Nacional.

Al paso de las décadas, docenas de personas han abordado distintos aspectos de su vida, atraídos como moscas a la miel no tanto por sus escritos como por su personalidad picaresca y por las incidencias de su vida. Pero hay que leerlo, y recobrar para Monterrey el orgullo de tener entre sus hijos a un personaje errabundo y genial como el padre Mier.