El país de las maravillas

Primavera de los tubos rotos

Cuando leí en febrero que se había vencido un tubo pasamanos en una unidad de Ecovía, me vinieron a la mente algunas de esas fotos que circulan en redes sociales, una de esas en las que en una pequeña motoneta va encaramada una familia de padre, madre, montón de hijos y hasta el perico. Se ven chistosas, pero estoy seguro que si en una circunstancia de esas ocurre un amarrón intempestivo, no la pasarán nada bien ninguno de los pasajeros de la moto.

Igual ocurrió con el susodicho autobús. Diseñado para un cierto nivel de llenado, se vio rebasado por la realidad por una falla de diseño a nivel sistema. ¿Qué falló? Falló la planeación del sistema respecto a su demanda.

O sea, si el sistema se diseñó para tener 80 unidades circulando, arrancarlo con la mitad es el equivalente a subir a una familia (con todo y perico) en una motoneta: sí se pueden transportar, claro, pero el riesgo es mayor y por supuesto que nadie puede ir cómodo (salvo, quizás, el perico).

Recuerdo que en aquella ocasión cerré el caso en mi sesera pensando que el problema quizás se resolviera hasta que llegaran las otras 40 unidades.

Pero ahora que volvió a suscitarse un incidente parecido, a lo mejor hay que reconsiderar el asunto. Sigue siendo válido que si diseñaste un sistema para un volumen teórico de tráfico, necesitas los camiones suficientes. Pero como falló la planeación en ese sentido, la realidad a resolver ahora es: si cada camión debe transportar al doble de gente para satisfacer la demanda teórica, entonces cada camión debe por fuerza estar diseñado con especificaciones más estrictas y niveles de resistencia más cañones.

Dijo Fernando Gutiérrez Moreno, secretario de Desarrollo Sustentable, que los camiones son iguales a los del Distrito Federal y que allá no se han vencido los tubos porque en Nuevo León somos “más altos y robustos”. Después de proferir un ¡oinc! de indignación robusta, aunque no tan alta, paso a declarar lo siguiente: los sistemas públicos tienen que diseñarse siempre con especificaciones sobradas y adecuados a la situación concreta de uso.

Me explico. ¿No existen referencias estadísticas que definan al pasaje nuevoleonés comparado contra el defeño? Si aquí estamos más gordos, ¿por qué se pidieron camiones diseñados para un pasaje más chaparro y flaco?

Es como cuando dicen que el asfalto se fractura o se arruga o se daña porque hubo mucho calor o mucha lluvia o mucho tráfico. ¿Acaso no se diseñan las capas y composición del asfalto para las condiciones locales? Porque en Nuevo León siempre hace mucho calor, cada septiembre se vienen los aguaceros y habiendo clases, el tráfico está del demonio.

Cuando escucho argumentos así, la primera palabra que se me viene a la mente es “fraude”. Alguien me está defraudando cuando diseña un paso a desnivel y se le olvida una vuelta a la izquierda, lo que obliga al tráfico a ir a meterse entre las calles próximas para reincorporarse a su ruta. Alguien me está defraudando cuando se tiene que repavimentar una calle cinco veces en tres años por la razón que sea. Alguien me está defraudando cuando en cuatro meses hay dos incidentes de vencimiento de tubos en camiones nuevos y caros. No se vale.

horacio.salazar@milenio.com