El país de las maravillas

¿Precandidatos o fortingas?

Cuando se hizo el primer automóvil de línea, el famoso Ford T (de donde sacaríamos luego el despectivo “fortinga”) se vendió como pan caliente a pesar de la nula variedad con la que la ofreció con Henry Ford, quien dijo: “Cualquier cliente puede hacer que su auto se le pinte de cualquier color que quiera, siempre que sea negro”.

Negro o negro. Así eran las opciones. Más o menos esa ha sido la mortificación de los electores nuevoleoneses, a quienes les dicen que pueden elegir al candidato que quieran, siempre y cuando sea A, B o C.

Escribió ayer en este espacio Javier Sepúlveda que el más serio de los problemas de Nuevo León es electorero, artificial. Es que a fines de febrero de 2014 ya empezó el 2015. Yo precisaría un poco: todos esos que aspiran al voto del respetable quisieran que ya hubiera empezado. O ya trataron de empezarlo. Y detrás de este anhelo o deseo yo no leo en verdad un ansia profunda de servir al pueblo: lo que leo es que ninguno se siente con los tamaños para la competencia, y todos creen que estando más tiempo bajo las lámparas, la gente los conocerá mejor.

En el fondo, usted y yo estaremos de acuerdo que no es gente más conocida lo que buscamos: es gente más decente. Gente a la que podamos pedir cuentas de lo que hace, hizo, dejó de hacer... Gente de la que no hay en los partidos. Unos porque ya se fueron, otros porque no se van, pero tampoco los dejan hacer.

Ya empezó el 2015, pero sólo para los apresurados que, si la ley electoral se hiciera valer, quedarían descalificados desde ya, pero ya sabemos que en este país las leyes, y sobre todo las electorales, no están hechas para adecentar la elección, sino para hacerla de modo.

El ruido de fondo que causan el Gobierno del Estado y los municipios panistas, aunque en apariencia no es electoral, en realidad también lo es, y en este caso se trata de campañas a la inversa, para manchar en lo posible al rival, para que llegue desgastado. Y se la pasan acusando al otro de politizar lo que no es politizable, violando la ley (otra vez) al encubrir el incumplimiento de la misma para una parte de la población, un argumento electorero.

Luego están los que tienen autoridad moral y que tienen ya un respaldo legal a medias, pero que no han hallado el modo de que el Congreso del Estado adecue el marco estatal para que puedan llegar a ser candidatos independientes. ¿A qué se debe esto? Muy simple: a que los políticos profesionales, los que tienen camiseta albiazul o tricolor, tienen pánico de competir contra gente conocida como gente decente. Por eso se escudan en el partido, defienden al partido y, también ellos, violan la ley.

Qué amolada está la cosa, cuando el Congreso viola la ley para impedir una competencia más abierta, cuando hay alcaldes violando la ley para no alebrestar al electorado cobrándole lo que debe, cuando todos juegan al “¡tú lo serás!” para dejar el interés ciudadano al final de la cola. Por eso nomás podemos votar por caballos ñangos y estólidos amparados por banderas partidistas en las que ya no creen ni ellos. Guácala.

horacio.salazar@milenio.com