El país de las maravillas

Peña Nieto: el hombre o el estadista

Cuando vi en el televisor al presidente Peña Nieto enumerando la versión post-Ayotzinapa de los Diez Mandamientos para la Seguridad, sentí una profunda decepción.

No es que esperara algo así como que se abrieran los cielos y un rayo cayera para respaldar sus Diez Medidas para Mejorar la Seguridad, la Justicia y el Estado de Derecho. Desde que se me cayeron los dientes de leche se llevaron el optimismo irrefrenable que antes me vestía como a un cándido regio.

Tampoco obedecía mi decepción a lo que tanto desilusionó a muchos críticos, quienes señalan que simplemente pepenó aquí y allá para anunciar como si fuera novedad un puñado de cosas ya en marcha, o ya probadas, o hijas del Calderonismo, o lo que sea. Un buen Presidente no tendría por qué apenarse de aprovechar las buenas ideas, sin importar mucho su procedencia.

No, mi decepción obedeció a un motivo más inocente (casi diría penosamente ingenio): el tono impersonal, la dicción bien articulada, el copete impecable, me mostraron en la pantalla a un actor rígido y estereotipado, pero representando el papel de un hombre de Estado. Y, con todo y la profunda necesidad que tenemos en México de estadistas (aunque reales, no simulados), yo esperaba escuchar a una persona empática.

Escuché al Presidente hablar de solidaridad con articulación perfecta pero sin un corazón palpitante detrás; dijo atinadamente que México debe cambiar, pero nos mostró que pese a todo él no ha cambiado; nos ofreció indulgente promover cambios de fondo para mejorar el Estado de Derecho, pero no como una persona que sufre, sino como un funcionario que quiere aplacar la indignación popular.

Esa fue la parte emocional de mi decepción. En esta ocasión se vio agravada por un componente extra: la prueba de Pinocho.

Desde Otto von Bismarck sabemos que la política es el arte de lo posible. ¿Por qué entonces un político como Enrique Peña Nieto quiere vender la idea de que impulsará políticas extraordinarias cuando no tiene los votos para sacarlas adelante en el Congreso; cuando, por el contrario, decir que quiere lograr tal o cual cosa es una invitación a los opositores a montarse en su macho para impulsar lo contrario?

Si alguien cree que el Presidente podrá sacar adelante estos imperativos nacionales que requieren de un consenso casi sin precedentes, que por favor me explique por qué no fue capaz de sacar siquiera una buena aparición pública en el tiempo transcurrido desde Ayotzinapa.

Si sus asesores no tuvieron la gentileza de explicarle que irse de viaje era una soberana sandez dado el contexto, al menos deberían tener el talento para hacerle mejores discursos, para que no nos recete una perorata cuasi estalinista cuando lo que esperábamos era ver a una persona falible, pero tan deseosa de arreglar las cosas como la mayoría de los mexicanos.

Pero por otra parte, ¿qué puede esperar uno de un Presidente que inaugura con pompa un Hospital Nacional Homeopático? Con un pequeño mensaje en el que calificó a la homeopatía como un modelo clínico-terapéutico complementario, Peña Nieto puso a la magia a la altura del saber duramente conquistado. Prueba no superada.

horacio.salazar@milenio.com