El país de las maravillas

Pavor al fracaso

El argumento principal del nuevo libro de Andrés Oppenheimer, ¡Crear o morir, se puede resumir en una oración: los países que no logran despegar, que no pueden convertir su innovación en beneficios sociales, que se atoran en el ya merito, se quedan atrás porque le temen al fracaso.

Más precisamente, lo que argumenta el periodista más enterado de la situación educativa de los países hispanohablantes es que en nuestras naciones no hay una cultura de resiliencia que vea los tropiezos como aprendizajes o como interrupciones superables de un proceso ascendente. En estos países, y me temo que México es ejemplo clarísimo de esta actitud, si un emprendedor va a la quiebra se le considera un fracasado y por tanto se le cierran las puertas.

En Estados Unidos, y más concretamente en sitios concretos como Silicon Valley, las quiebras son más bien como medallas, y las instituciones prefieren a un tres veces quebrado que a un nuevo emprendedor: el primero ya sabe lo que es caerse, y puesto que tronó tres veces, también sabe lo que es levantarse para volver a intentarlo.

El ejemplo más preclaro, citado por Oppenheimer no sólo en su nuevo libro sino en otros, es el de Thomas Alva Edison, el mago de Menlo Park. Una anécdota de la que hay algunas variantes dice que se le comentó que era una lástima que tuviera en su haber tantos fracasos, a lo que el inventor replicó que aquello no era correcto: más bien, ahora sabía que había miles de cosas que no producían el resultado esperado. El vaso de Edison siempre estuvo medio lleno.

Ahora, si el señor Edison registró en su nombre, tan sólo en Estados Unidos, mil 93 patentes, bien podemos suponer que tuvo muchos, muchos miles de montajes experimentales que le enseñaron cómo no lograr algo. Y sabemos de cierto que llevó registros detallados y no permitió que aquello lo detuviera en su progreso.

Todo esto me vino a la mente este viernes, cuando seguí por un rato la historia del estrellamiento del SpaceShipTwo (SS2), el avión espacial diseñado por Burt Rutan y construido por su compañía Scaled Composites como parte de la flotilla espacial de Virgin Galactic, empresa del multimillonario Richard Branson.

El avión espacial fue puesto en el aire por el avión nodriza White Knight Two, que lo liberó a más de 13 kilómetros de altura. Momentos después, el cohete principal de SS2 se encendió, y se inició formalmente el vuelo de prueba. Pero una anomalía se presentó y, cuando las cosas se aclararon, la nave estaba hecha pedazos en el desierto de Mojave, el piloto en condición crítica y el copiloto muerto.

Traigo el caso a colación porque el capítulo siete del libro de Oppenheimer toca el tema de los empresarios privados metidos a la carrera espacial, entre ellos Branson y su competidor Elon Musk (el fundador de PayPal)... quien también perdió esta misma semana su lanzador Antares en una explosión sin víctimas humanas.

Oppenheimer describe las historias de Branson y Musk para señalar que ambos se sobrepusieron a muchos tropezones. Hoy mismo, el ejecutivo en jefe de Virgin Galactic, George Whitesides, dijo que la empresa seguirá adelante. Me pregunto: ¿Cuándo aprenderemos esta simple lección? Los fracasos sirven para poner a prueba nuestra resolución. Hay que levantarnos y seguir adelante.

horacio.salazar@milenio.com