El país de las maravillas

Partidismo jodedor

Ya lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir: aunque en teoría la existencia de partidos políticos le da una formalidad al proceso de selección de candidatos, pues encara en las urnas a plataformas teóricamente distintas (en los hechos son la misma gata, revolcada), a la hora de la verdad, o más bien, al plantar los partidos en la realidad mexicana, éstos quedan reducidos a meras agencias de colocación y a entidades de poder encaminadas a chantajear al poder establecido.

Para el caso de Nuevo León está claro. Durante largos meses, los jefes de las bancadas se cansaron de decirnos, prometernos y asegurar que las cosas iban bien, que la reforma electoral se haría, que en principio ya estaban puestos de acuerdo y que en realidad el problema era de las instancias federales, pues en ausencia de una decisión nacional, no era posible tomar decisiones estatales.

Según este esquema, los pobres legisladores de Nuevo León, ansiosos de llegar a acuerdos en bien de la ciudadanía, estaban frenados por los federales.

Los hechos demostraron que era puro cuento. Se resolvió lo federal y salió a relucir el partidismo. Los grupos que en teoría ya estaban de acuerdo, se sintieron soñados, pues la geometría política del congreso local obliga a que cualquiera de los grandes requiera votos del otro para poder sacar adelante una reforma constitucional. A como son las cosas, con las bancadas monolíticas y mononeuronales, esto equivale a pedir que se llegue a la unanimidad.

Pero tenemos un sistema que en vez de castigar el conflicto y premiar el acuerdo, opera al revés: los diputados han aprendido que no les pasa nada si se hacen patos, y aunque nos brindan tacos de lengua repletos de promesas y de certeza, en los hechos no es más que flatulencia de la peorcita.

¿De qué sirve que, por ejemplo, se declaren en sesión permanente, si unos diputados pueden hacer que la virgen les habla y sólo aparecer en sus perfiles de Facebook tostándose la panza? Con eso del fuero y esas mamarrachadas, los legisladores se han convertido en unos auténticos delincuentes sociales: hacen lo que se le hincha al partido, y que el ciudadano se joda, según la expresión que acuñó el colega Ciro Gómez Leyva.

Y es un círculo vicioso. Para salir de él, tendría que legislarse de modo que la función legislativa estuviera sujeta a reglas irrompibles en cuanto a los acuerdos y los resultados, pero ningún congreso va a darse un tiro en la pata. Nos dicen con cinismo que si no nos gusta la situación, que votemos por otros partidos. Lo que nadie dice es que a los ciudadanos que no nos gusta tal o cual situación, tampoco nos gusta que la salida sea votar por otro borrego seguidor de la política partidista. Tan malo el pinto como el colorado.

¿No hay más sopas? Legalmente no. Y los legisladores se hacen patos porque entre las reformas hay algunas que podrían afectar su estándar de vida, arrebatándoles la ubre. Los partidos nos tienen ahorcados, porque además luego dicen que hay que buscar las soluciones consensuadas, a sabiendas de que es más y más atole. ¡No te olvides, Fuenteovejuna!

horacio.salazar@milenio.com