El país de las maravillas

Leer

Parece fácil. Después de todo, casi todos los niños aprenden a hacerlo más o menos cuando tienen seis años de edad. Llegan a la primaria con rudimentos y en uno o dos años ya saben leer. Lo cual significa que, en teoría, tienen acceso al cada vez más inmenso repositorio de la cultura humana escrita.

En los hechos, la cosa no es tan simple.

Para empezar, sobre todo en nuestro país, una parte muy importante de los lectores está reducida a leer contenidos en nuestro idioma, el español. Estadísticamente es una fracción pequeña la que tiene acceso directo al conocimiento en otro idioma, aunque en una ciudad como Monterrey se supone que habemos muchos capaces de leer en inglés.

Luego, el acceso real a los libros es más o menos limitado. Si quiere uno tener los volúmenes físicos, deben combinarse varios factores: 1) que el libro esté geográficamente en la misma ubicación que uno (salvo que se pida su envío, lo cual eleva mucho su costo); 2) que se tengan los recursos para adquirir el libro, y 3) que se tenga el interés por adquirir el libro.

O sea que las bibliotecas tienden a ser reducidas a nivel demográfico. Se concentran entre la población más escolarizada, e incluso dentro de ella tienden a acumularse más entre los formados en áreas de humanidades.

Ya he contado cómo algunas personas me confesaron que en su casa apenas tenían los libros que llevaron durante su formación escolar. O sea que tienen libros de texto que muy probablemente ni siquiera leyeron completo durante el periodo escolar.

Las bibliotecas nutridas son pues escasas. Porque los bibliófilos reales son escasos. Pero también porque las presiones de la vida cotidiana en el siglo XXI dejan cada vez menos tiempo para que la lectura sea en verdad una actividad nutridora, enriquecedora.

A mí me gustan mucho los libros. Los libros físicos más que los electrónicos, aunque estos últimos también empiezo de a poquito a cultivarlos (pero todavía tienen muchas restricciones como para gustarme lo suficiente). Tengo varios miles en casa. No, no los he leído todos, ni aspiro a leerlos todos. Muchos los tengo como posibles referencias para cosas teóricas que apenas viven en mi cabeza. En mi imaginación, algún día me daré tiempo para escribir algunos libros míos sobre temas que he acariciado por años sin llegar más allá de la idea: Sor Juana, Athanasius Kircher, la Revolución Científica... He acumulado las referencias, pero no más.

Como acaso Borges, me siento más lector que escritor. He leído no sé cuántos libros, pero de seguro no son tantos como creo. Pero a medida que los años cobran su cuota sobre mis ojos, que la familia impone exigencias de estándar de vida, que mi disciplina se disuelve en el cansancio, hoy soy más bien un relector. Estoy volviendo a mis favoritos, y muchas de mis lecturas de este año han sido relecturas.

Pero quiero decir que para mí la lectura sigue siendo una de las claves de la vida. La lectura recreativa, no la obligada ni la formulística; la lectura por placer más que la forzosa; la que se integra a la experiencia y no la que se evapora una semana después. Leamos.