El país de las maravillas

Ingenieros de pacotilla

Hace como cinco años conseguí una beca para ir, como periodista, a una conferencia que organizó en Londres la Federación Mundial de Periodistas de Ciencia. Fue una experiencia de gran aprendizaje, y aunque hacía mucho calor, todos alegamos, discutimos y platicamos encantados de la vida.

Traigo a colación esta experiencia no para presumirla (bueno, a lo mejor tantito), sino para recordar que como parte del viaje me inscribí en dos viajes de trabajo posteriores a la conferencia.

El primer viaje nos llevó a dos instalaciones de física de partículas de nivel mundial, el Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN), ubicado en la frontera entre Suiza y Francia, y otros dos laboratorios enormes (el ESRF y el ILL), unos 50 kilómetros al sureste de Lyon.

Pero he de decir que a pesar de lo impresionantes que me resultaron estas instalaciones en las que trabajan miles de científicos de todo el mundo, me apantallaron más algunas cosas que vi en el segundo viaje.

En vez de ir al sureste de Londres, en ese tour fuimos más o menos al este, a la parte sur de Holanda, y visitamos dos instalaciones relacionadas con el agua. La primera es una pieza de ingeniería que forma parte de las Obras del Delta de Holanda. Podríamos definirla así: es una puerta de metal con la que los ingenieros holandeses regulan las grandes avenidas de agua, esencial para un país que en gran parte existe bajo el nivel del mar. Sus dos portones forman la barrera móvil más grande del mundo. Ya cerrada, debe tener más de 200 metros de lado a lado.

También nos llevaron, al noroeste de La Haya, a unas instalaciones del Centro de Investigación en Agua de la Universidad de Delft. Más precisamente, a una enorme reserva territorial que aprovecha el suelo y la vegetación para constituir una gigantesca planta de purificación de agua que abastece del líquido a todo el sur del país.

Me acuerdo de estos viajes para que no me dé coraje lo que veo en nuestra ciudad querida. Parece que no escarmentamos. Vino el **Gilberto** y nos estiró las orejas hasta que casi se nos hicieron de burro; lo pagamos caro en vidas y en costo de infraestructura. Luego vino el Alex y, si bien ya no nos afectó tanto en víctimas, nos costó un ojo de la cara en términos de reconstrucción; tanto que, años después del meteoro, aún tenemos obras sin terminar.

Y este año estamos viviendo cosas singulares. Un experto en agua del Tecnológico de Monterrey me enseñó una gráfica que muestra las variaciones inmensas que hay en los volúmenes de agua que recibimos en años buenos y en años malos. Es para no creerse.

Pero si en el último cuarto de siglo hemos visto la furia de la naturaleza en días contados pero intensos, ¿por qué no hemos aprendido a construir siguiendo estos valores límite como parámetros? ¿Por qué hacemos obras que parecen hechas para ciudades donde no llueve?

La respuesta es simple: por tontos. Y el mejor ejemplo está en ese paso deprimido que nos recetó la SCT en el sur de la ciudad y que por primera vez en nuestra historia nos dio un espectáculo al que sólo podemos llamar las Cataratas de la Ineptitud.

horacio.salazar@milenio.com