El país de las maravillas

Importa más el proceso que las metas

Todavía tengo la suficiente conciencia como para sentirme mal por no cumplir una resolución. Y el año pasado resolví (y lo publiqué) que durante 2014 leería textos de Alfonso Reyes. El impulso me duró unos cuantos cientos de páginas, pero eso no le hizo ni cosquillas a los volúmenes que siguen sin abrir en un estante bajo de mi biblioteca.

Pero como no me gusta sentirme mal por no cumplirme mis propias promesas, me inspiré en varias fuentes para encarar el año que comienza. Mi primera fuente fue el desaparecido comediante Henny Youngman, célebre por sus chistes de una línea. He aquí mi inspiración: “Cuando leí sobre los males de la bebida, dejé la lectura”. Consecuencia: este año no me amargaré por no cumplir mis resoluciones porque no adoptaré resoluciones.

Pero como en el fondo no soy tan cínico, rápidamente busqué cómo racionalizar el asunto, de modo que además de no hacer resoluciones pudiera no sentirme mal por ello.

Y afortunadamente encontré bastones para apoyarme. Primero me encontré una justificación: un ensayo escrito por Mark Lasbury titulado “Puede ser un año nuevo, pero es el mismo cerebro viejo” (http://bit.ly/1xDSFXj). Ahí encontré que para cumplir las resoluciones habituales lo que uno necesita es adoptar nuevos hábitos (algo de por sí difícil) o reemplazar hábitos viejos y nocivos por otros que al menos sean menos perjudiciales.

Tenemos los circuitos cerebrales hechos para que no sea fácil adoptar nuevos hábitos. Pero además tenemos en contra el viejo refrán de que todo lo que nos gusta engorda, hace daño o es pecado. Adoptamos malos hábitos (dañinos, pecaminosos, engordadores) porque le proveen al centro de placer de nuestro cerebro una recompensa inmediata y tangible. En cambio, los buenos hábitos son de esos que ofrecen beneficios... en el largo plazo, en ese nebuloso futuro al que pretendemos aspirar, pero que en realidad ni siquiera podemos imaginar.

¿Entonces qué? ¿Me conformaré con buscarme unas justificaciones y excusas para holgazanear todo el año? ¡Claro que no! Permítanme presentarles a Jeff Haden, uno de los editores de Inc.com, y su ensayo titulado “Una forma casi infalible de lograr cada meta que se fije” (http://bit.ly/1dKB82P).

Haden también está contra la fijación de metas. O más bien, las metas no le preocupan; se mortifica por los sistemas. He aquí dos ejemplos para distinguir qué es qué: un corredor tiene como meta correr un maratón; y para lograrlo tiene un sistema, un calendario de entrenamiento. Un escritor tiene la meta de escribir un libro; su sistema es un calendario semanal de escritura.

Y nos dice Haden: si uno se enfoca en las metas tiene problemas: (1) las metas lo hacen a uno infeliz, porque si se tienen como objetivo, eso indica que uno no lo ha alcanzado; (2) si uno alcanza la meta, ¿qué sigue?, y (3) las metas hacen que uno crea tener control sobre el futuro. Sí, Chucha.

La clave es, pues, no enfocarse en las metas sino en el proceso, en el sistema que uno tiene que implantar para alcanzarlas. Porque se alcance o no la meta deseada, el sistema quedará puesto para seguir avanzando. Luego les platico más.


horacio.salazar@milenio.com