El país de las maravillas

La inversión en educación

Creo que cualquier persona en su sano juicio estará de acuerdo en que los profesores tendrían que estar bien remunerados si queremos poder un día presumir de una educación digna de ese nombre.

Y me parece que también podríamos hablar de consenso por lo que se refiere a que para tener buenos profesores tenemos que evaluarlos para ver cuál es su verdadero nivel. Y un corolario que creo también puede ser considerado aceptable por todos es lo de que mejores profesores merecen mejores retribuciones.

Hasta aquí parece que todos estamos de acuerdo.

Pero llegamos al asunto espinoso de quién evalúa y cómo evalúa, y es aquí donde la puerca torció el rabo. El Gobierno quiere minimizar su esfuerzo y homologar las cosas de modo que un mismo esquema se aplique al máximo de docentes. Esto tiene sentido en términos de eficiencia. Pero a los profesores esto les parece disparejo, porque no es lo mismo un docente de San Pedro, metido en un aula con clima y con acceso a recursos pedagógicos de primer mundo, y otro asunto muy diferente es un profesor rural metido en un pueblecito perdido en las sierras de Oaxaca, con un tejabán por aula y sin herramientas para cumplir bien su trabajo.

Y así empieza el alegato que está cerca de desmandarse. Ambos bandos tienen parte de razón, pero ambas también han llevado las cosas al extremo. Ambas han mentido y recurrido a tretas y trucos dignos del peor truhán.

Lo más triste es que los datos dicen claramente que México es de los países que más dinero destinan a la educación. Se va un 6.2 por ciento del PIB, frente a un promedio de 6.3 por ciento para los países de la OCDE.

Pero todo ese dinero lo invertimos con tanta eficiencia como invertimos en la democracia: lo soltamos a montones sin pedir cuentas claras de cómo se gasta. Y por eso tenemos una democracia llena de trampas y una educación llena de agujeros: tenemos un pueblo pobre con legisladores ricos, y un profesorado miserable con líderes envueltos en oro.

Y con todo y que los profesores tienen razón en muchas de sus quejas contra el Estado mexicano, es fecha que no escucho de ellos nada más allá de sus condiciones, su salario, sus prestaciones, sus merecimientos. No he escuchado a ningún profesor hacer cuentas de lo que se invierte en educación y demandar que se encarcele a los líderes cochinos. Tampoco he escuchado propuestas de cómo transparentar el modo en que todos esos miles de millones bajan del Olimpo gubernamental para perderse en los agujeros negros de nuestro sistema educativo.

Por eso pienso que si bien la educación debiera verse como una inversión, las banderas disidentes quieren arrastrarnos a que la veamos como un gasto a fondo perdido. No se vale.

horacio.salazar@milenio.com