El país de las maravillas

Desarrolladores, la divina pomada

Dijo ayer uno de los síndicos de San Pedro que cambiarán las reglas de desarrollo urbano para que al Cabildo sólo lleguen las obras de gran trascendencia. Lo demás lo verá una estructura formada por la Secretaría de Desarrollo Sustentable, revisada por un consejo y con una comisión.

En mi tierra a eso se le llama buscarle tres pies al gato. Si la cosa está de por sí complicada en el estado actual, meter a más gente en la danza de las autorizaciones sólo hará bolas el engrudo.

Lo que se necesita es simplemente que las reglas se cumplan.

Pero desde hace décadas, el crecimiento de la zona metropolitana de Monterrey ha dependido menos de los municipios que de un grupo de desarrolladores que, actuando como dice la definición de un cartel, se han convertido en una casta divina con la mano metida en muchas de las administraciones.

Esa es la verdadera causa de que los desarrolladores de Tanarah y otras instalaciones fuera de especificación se hayan salido con la suya hasta ahora. Atacan el desarrollo con una mentalidad que dice: “Me aprobaron 100, lo hago de 110 al cabo ni quien se dé cuenta, y si se llegan a dar cuenta, pues con una corta lo arreglo”.

Y luego se dicen sorprendidos, y dicen tener los únicos peritos del universo conocido que saben hacer las cosas bien. Por decirlo en español: los peritos son para hacer las cosas bien, no para tratar de echarle tierra a un gobierno cuando los tuercen en la movida.

Si en verdad los desarrolladores de Tanarah tienen la razón, como argumenta Javier Livas ante quien quiera escucharle, ya habrían convencido a un tribunal. Eh, momento: es que también los tribunales son parte de esa gran conspiración que quiere lastimar a los desarrolladores. Qué cómodo fue mientras todas esas estructuras bailaron al son que ellos pusieron. Pero ahora son fuerzas retardatarias que se oponen al desarrollo.

Por más que le den vueltas al asunto, la cosa es así: para edificar en este país, este estado y estos municipios, los desarrolladores (y también los ciudadanos) requieren permiso de la autoridad. Y la autoridad manda. Pero en este caso, como fue la autoridad la que los pilló con los dedos en la puerta, ahora la autoridad es el enemigo. Ni que fueran la divina pomada.

Y para eso están las especificaciones: pides permiso para algo concreto, de tales y tales dimensiones. No pides una patente de corso para hacer lo que te venga en gana y luego salirte por la tangente con que el gobierno y sus peritos esto y l’otro.

Todo lo que necesitan hacer los de Tanarah es sacar sus documentos, mostrar qué les autorizaron y luego sacar una gran reglota para cotejar lo autorizado contra lo hecho: si coincide, cualquier tribunal les dará la razón.

Para que el desarrollo urbano funcione, es imperativo que los desarrolladores recuerden que también son ciudadanos y que, si tienen derechos como todos los ciudadanos, también tienen obligaciones. Y como son expertos en su área deberían ser doblemente sancionados cuando violan las normas... porque no pueden fingir ignorancia. Vale.

horacio.salazar@milenio.com