El país de las maravillas

Colosio, 20 años después

Soy un pésimo recordador, pero 20 años después del asesinato de Luis Donaldo Colosio quiero aportar mi grano de arena evocando una jornada que para mí fue sensacional: el día en que le hice una entrevista cuando todavía era secretario de Desarrollo Social.

En aquellos tiempos rentaba un pequeño departamento en la Ciudad de México, cerca del Parque de Los Venados, en una calle que se llamaba Ixcateopan. Esta calle tenía una característica: estaba rota en dos partes, una al norte y otra al sur.

Se había estipulado que yo entrevistaría a Colosio al final de una gira de trabajo, y para empezarla, iban a recogerme por la mañana en el dichoso departamento. Dije iban, y así fue, porque el que debía pasar por mí se fue a buscarme en la otra mitad de la calle, y se perdió. Yo me desesperé por el tiempo y salí desaforado a buscar un taxi, que me llevó hasta el hangar donde ya estaban preparándose para salir. Primer obstáculo librado.

En aquella parte de la jornada volamos hasta Culiacán, donde Colosio vería con el entonces gobernador Francisco Labastida Ochoa los avances de un museo. Colosio ya sabía que a mí me daba por la divulgación de la ciencia, así que aunque yo me hice chiquito detrás del contingente, él me buscó y dijo: “Ven, quiero presentarte al gobernador”. Así que acompañé a los dos a un recorrido por el museo que se hallaba entonces en obra gris.

De Culiacán volamos a Los Cabos, donde había otros eventos políticos, y luego recorrimos algo de Baja California Sur por tierra, al menos creo que pasamos por Los Barriles. Y tras las actividades con el gobernador, salimos hacia una instalación que yo no conocía: la inmensa planta productora de sal en Guerrero Negro.

Ya metido en las explicaciones y demás me quedé rezagado respecto al grupo, y para cuando acordé, la comitiva se había ido. Se me fue la sangre a los pies. Ahí no hay aeropuerto, y el avión que debía llevarnos de vuelta a la Ciudad de México tenía que despegar mientras aún hubiera luz, porque sin pista ni luces no había forma de salir.

Felizmente uno de los ingenieros me llevó a toda prisa al improvisado aeropuerto, donde ya estaban considerando salir sin el reporterillo zonzo que se había quedado quién sabe dónde. Segundo obstáculo librado.

El vuelo de regreso sería largo, y ahí fue donde Colosio me hizo una señal para indicarme que estaba listo. Le hice la entrevista y él respondió de buen talante al cuestionario que llevaba medio armado y que apenas modifiqué para adecuarlo a las respuestas que me iba dando.

Para coronar aquella jornada, antes de llegar a la Ciudad de México se vino una tormenta que volvió a ponerme la sangre en los pies, porque el avión aquel se sacudía de lo lindo. Pero todo salió bien: llegamos, nos despedimos y aquella entrevista se publicó. Para mí fue un día de sobresaltos, pero justo por ello se me quedó muy grabada la afabilidad de aquel político que quizás, sólo quizás, pudo haber cambiado las cosas en este país desventurado.

horacio.salazar@milenio.com