El país de las maravillas

Celso Garza Guajardo (1943-2000)

Ayer se cumplieron 14 años desde que se fue Celso Garza Guajardo, un importante forjador de la crónica y la historia regional en Nuevo León. Hijo de Sabinas Hidalgo, vivió años intensos muy ligado a la izquierda de antes, la de verdad, lo que le valió desde acosos hasta palizas.

Como punta de lanza de los cronistas e historiadores, hay de seguro un montón de amigos suyos que lo conocieron bien, que lo extrañan y que podrán trazar sus retratos no sólo con precisión, sino con afecto.

Yo me acuerdo de Celso más bien como un amigo y protector que me apoyó y me echó porras en años de indefinición. Fue a instancias suyas que tuve algunas oportunidades de trabajo cuando empezaba en estos asuntos de la escribida.

Aunque siempre he sido un lector irredento, creo que fue él quien primero me hizo entender lo importante que puede ser la recuperación del sabor a pueblo, de la crónica sencilla, y lo hizo mediante el recurso del ejemplo, que no por viejo está pasado de moda.

Recuerdo cuando estaba por sacar su investigación sobre Catarino Erasmo Garza Mercado. Me platicaba sus hallazgos con el candor y la alegría de un niño que describe un juguete nuevo. Cuando el libro salió, me lo regaló feliz, con una sonrisa un poquito más amplia de lo habitual, porque a pesar de todo, siempre lo vi también como un ejemplo vivo del optimismo a plenitud.

A pesar de su amplia experiencia, de sus vivencias por todo el mundo bajo la bandera del Partido Comunista, nunca escuché de su boca palabras de presunción. Al contrario, creo que pocas veces he conocido a alguien tan sencillo como Celso, que con su calidez convertía todo en un asunto personal y por tanto en un asunto platicable entre amigos.

Celso nos tenía en buen concepto a mí y a mis hermanos, y me decía que seguramente acabaríamos por hacer cosas buenas. Y siempre nos trató con cariño y con respeto. Algunas de las personas con las que he platicado al paso de los años me han dicho que así era con todos. Pero a mí me parece, mientras me acuerdo de su barba entrecana y sus ojos sonrientes, que era de esas personas que hacen a todos sentir su atención personal plenamente.

Un día me dijo que quería hacerme una invitación a las fiestas de San Pedro, en la hacienda, y que ahí quería entregarme un reconocimiento como personaje de la cultura popular. Me sorprendió y le dije que yo lo único que había hecho era escribir algunas cosas sobre ciencia. Él me respondió que bueno, que esas cosas eran necesarias para la cultura del pueblo y que nadie más lo hacía. Una vez más, me hizo sentir especial.

Aquel día fue una grata experiencia. Celso se movía entre los invitados como pez en el agua, y el ambiente era el de una gran familia unida por el tamaño de su corazón. Me entregó el diploma y una carreta en miniatura, y yo salí de Zuazua con una sonrisa tan amplia como la de Celso.

Así era Celso Garza Guajardo. Cronista, historiador, amigo, pero sobre todo lazo de unión entre personas de todo tipo. Lo extraño, y recordarlo me hace sentir que necesitamos muchas más personas como él.

horacio.salazar@milenio.com