El país de las maravillas

¡Arriba las maestras (y los maestros también)!

Por razones de trabajo, hace días tuve ocasión de tomar algunas fotos a profesores reconocidos por sus propios colegas como buenos. Fueron poquitos, cuatro mujeres y tres hombres, pero esa pequeña muestra me puso de buen humor.

Me explico. Los maestros son, en general, personas tímidas cuando no están frente a sus alumnos. Se apenan, no hallan qué hacer con las manos, se paran casi tan tiesos como aparezco yo en una foto a los seis años, casi como soldado. Entonces me puse a platicar con ellos y a preguntarles sobre su vida, sus experiencias, sus alumnos.

Me quedó muy marcada una impresión: la de que las maestras se veían más metidas en su papel, más comprometidas con él y más de corazón. Ellos se veían tal vez un poco más como haciendo un trabajo.

Esta impresión me llevó a recordar a los pocos maestros que me dieron clases y de los que guardo memoria. Son pocos. Y si no los recuerdo no es porque fueran malos ellos, sino porque mi memoria es de teflón. Mi maestra de tercero, en la primaria, se llamaba Olga Garza López. De mi maestro de sexto recuerdo apenas su nombre, Abel. De la secundaria, el maestro Lenin Colunga me introdujo en los asuntos del ajedrez.

Volviendo a mi sesión de fotografías con los profesores, encontré más sonrisas de las que esperaba. Sonrisas genuinas y confesiones de que estar entre sus chamacos los y las hacían felices. El más nuevo tenía cinco años de experiencia; la más veterana, 40 años entre chilpayates. Las de sonrisa más amplia tenían alumnos de primaria o preescolar.

Recordé luego que hace poco salieron los resultados del llamado Atlas Educativo, en el que se censaron escuelas, maestros y estudiantes de primaria y de educación especial. Empecé a curiosear y me di cuenta de que ahí hay un mundo de datos.

Quise sacar también una pequeña muestra de ese mar de números y, como buen regio, me fui sobre datos simples: personal educativo del municipio de Monterrey. El panorama se dice fácil: en mil 616 planteles, 24 mil 220 personas trabajan en el sector (y de ellas, 14 mil 75 son maestros) para atender a 228 mil 892 estudiantes, más o menos 16 pupilos por profe en promedio.

Y me quedó claro que, al menos para Monterrey, la enseñanza a este nivel está quedando en manos de las mujeres. Más de 46 por ciento de los maestros enseñan en primaria, y en ese nivel casi tres de cada cuatro profesores viste falda. Casi 30 por ciento de los mentores trabajan en una secundaria, y ahí está un poco más pareja la cosa: ahí 57 por ciento de los docentes son damas y el resto varones. En preescolar, ya se sabe, la dominancia es más marcada a favor de las educadoras: 92 por ciento son mujeres. Ya en general, hay en las aulas de primaria y educación especial 73 por ciento de mujeres y 27 por ciento de hombres.

Habría que hacer un análisis de todos estos datos para encontrar detrás de las cifras a todas esas personas que, aquí y en China, y en Doctor Arroyo, y en Hualahuises y en todos los rincones del estado, llevan educación a tanto mocoso. Porque también hay mucha excelencia en lo educativo.

horacio.salazar@milenio.com