El país de las maravillas

Apuntes para recordar a Eco

Nunca conocí al Umberto Eco ensayista. Vi pasar frente a mis ojos, en distintos periodos, algunas de sus piezas teóricas, pero no eran para mí. Para mí Eco siempre fue un novelista, y lo conocí sobre todo a través de sus novelas. De algunas de sus novelas. Porque tampoco leí todo, ni siquiera en los tiempos, allá por los ochenta, en que metí mis ojos miopes más en obras literarias.

Cuando leí su obra más exitosa, El nombre de la rosa, pensé que de ese estilo debían haber sido las nunca escritas novelas de Borges. Y la combinación de crímenes con el vasto conocimiento bibliográfico de Guillermo de Baskerville me convirtieron a mí mismo en otro Adso con los ojos como platos. ¿Cómo era que un novelista sabía todas esas cosas sobre la antigüedad clásica?

Por aquellos tiempos yo era una esponja más o menos indiscriminada, y devoraba libros sin masticarlos bien. Tuve que ver la versión fílmica para descifrar muchas escenas del libro, y para apreciar la difícil vida de aquellos monjes copistas. Mi siguiente lectura del libro fue más satisfactoria y deleitable.

Ahora, si El nombre de la rosa me había apabullado con su erudición, la lectura de El péndulo de Foucault me convirtió en un vil gusano aplastado por la marea de datos. Tuve que comprarme otro libro, Claves del péndulo de Foucault, creo, para empezar a descifrar parte de los montones y montones de referentes a temas ocultistas. Ambas lecturas me hicieron interesarme por algunos temas que hasta entonces sólo habían revoloteado por la periferia de mi seso, como la historia general de los templarios y de los rosacruces y en general el pensamiento neoplatónico alrededor del siglo XVI.

Leí más adelante La isla del día de antes, que no me gustó tanto; Baudolino, que me pareció una cruza entre Juan Pablos el buscón y Forrest Gump aunque en otro periodo (y me dejó la curiosidad de aprender sobre el preste Juan). La misteriosa llama de la Reina Loana de plano no me pudo ganchar, y por eso me perdí El cementerio de Praga. Apenas el año pasado recuperé Número cero, su novela postrera, y me gustó sin apasionarme, tal vez porque su universo gira en torno a una redacción.

Sí leí, por el lado de la teoría, La búsqueda de la lengua perfecta, y me gustó.

En todo caso, la muerte de Eco me deja la misión de tratar de conocerlo algo más. Empezaré por releer las primeras dos novelas. Ahí les cuento. Abur.


horacio.salazar@milenio.com