El país de las maravillas

Ahí viene la marabunta

Nunca como ahora me he sentido tentado a tirar por la borda el título de esta columna. No porque nuestro querido México deje de tener sus encantos por donde quiera que se le vea. Pero sí porque cada vez me parece más cínico y desvergonzado el proceder de esa casta llamada los políticos (que incluye, cómo no, también una cuota de damas).

El asunto tiene que ver con el poder. Casi invariablemente, las personas en las que recae un cargo de elección popular llegan a él por sus conectes de partido, por su dinastía, por su dinero o mil cosas más, pero es rarísimo que un funcionario electo llegue a serlo por sus capacidades en el cargo.

Al contrario. Ahí está el ejemplo inmarcesible de Layín, el granuja simpático (todos los granujas lo son) que después de soltar su cínico eructo de que robó nomás poquito, se festejó al son de una millonada inexplicable (en el sentido legal) y aprovechó para manosear “sin mala intención” (eso dijo) a una jovencita de su conocencia.

Luego se apersonó en un par de noticiarios de televisión (de radio no, porque así no luce su torso sudoroso para demostrar que además de ser un pelafustán, desdeña el cargo que ocupa) para exudar un arrepentimiento más falso que su jovialidad.

Podría citar otros ejemplos increíbles que van desde el payaso tapatío (el más serio, al parecer) hasta la madre de todas las comadres, Carmen Salinas, pasando por la mamá del perseguidor de edecanes, su tocayo futbolista y otras personalidades dignas de Balzac, pero ni siquiera tenemos que ir a otras latitudes a buscar ejemplos del desplome moral de la política.

Tenemos candidatos que usaron la precampaña para hacer campaña, gracias a una ley que no entiende la comunicación; tenemos por primera vez candidatos ciudadanos, de los cuales sólo una parte es en verdad ajena a los trapicheos de la grilla; tenemos traiciones, patadas bajo la mesa, reparto de cuotas entre cuates, todo en medio de la mayor epidemia de chapulineo de que se tenga memoria.

Y ahora, junto a los baches y al clima que no cede en sus vaivenes, habremos de enfrentar, día y noche, en radio, prensa y televisión, una marea de rollos vacía de significado pero llena de virtudes (¡ja!) y de promesas, para llegar en junio a un proceso que se antoja interesante, pero no satisfactorio. ¡Demonios!

horacio.salazar@milenio.com