Con todo respeto

Y más de 12 años después…

El modelo era muy claro: tal y como lo habían hecho cada uno de los presidentes del país, pero ahora desde la figura de los gobernadores.

Se cumplen catorce años del voto histórico de la sociedad mexicana que propició la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del año 2000, con la colaboración especial del último mandatario tricolor, Ernesto Zedillo un par de costumbres políticas desaparecieron y, otras, surgieron. Por una parte, la primera consecuencia de aquel resultado electoral fue la inminente caída del sistema presidencial mexicano donde los hechos y acuerdos políticos de trascendencia eran consumados desde Los Pinos, dictados al “ache” Congreso, y reproducidos “sin chistar’ por cada uno de los gobiernos estatales, así fueran del mismo partido en el poder o de uno distinto. De hecho, esto último casi no ocurría, es decir: no había más de dos o tres estados con gobiernos no afines al partido político en Los Pinos.

Entre tanto, el efecto de tales ajustes al renovado orden político, dio como resultado que los gobernadores convirtieran la ocasión en una oportunidad para liberarse no solo del presidencialismo dictatorial que los había regido sino, también, convenientemente, para independizarse de una serie de controles y ataduras de orden federal en materia financiera, fiscal y económica, logrando que dichos menesteres, en términos de criterios, regulaciones y autorizaciones, fueran trasladados al orden local de sus entidades, vía sus propios congresos y tesorerías estatales. A la postre, eso les alcanzó hasta para tener el control de las elecciones estatales, desde donde se fraguó el regreso del PRI, pian pianito, y doce años después.

Evidentemente, tales novedades políticas tomaron meses y, en algunos casos, hasta años para ver consagrado su nuevo fuero, donde el común denominador resultó ser: darle toda la autoridad al gobernador estatal para pedirle al erario nacional su propio presupuesto estatal, así como todas las libertades para usarlo a discreción y, lo más importante: sin rendir cuentas. El modelo era muy claro: tal y como lo habían hecho cada uno de los presidentes del país, pero ahora desde la figura de los gobernadores, en una especie de presidencialismo regional contemporáneo. Y como por arte de magia, rápidamente replicado por todos en una carrera loca por sumar y reintegrar los pedazos del ex partido presidencial.

Dicho modelito de autofinanciación económica, en menos de un sexenio les brindó una renovada autonomía financiera, con un gran impacto en el control de su propia política, que a la postre convirtió a la mayoría de los gobernadores en protagonistas de sus estados, ya fuera vía medios de comunicación o desde sus trincheras. Empero, lo que verdaderamente obtuvieron fue una forma de enriquecer a sus propios partidos con miras a garantizar la construcción de sus carreras aspiracionales, ya sea con rumbo la presidencia o para los cuerpos legislativos federales, como lo son las diputaciones o las senadurías, espacios que hoy, dicho sea de paso, por ello reflejan una presencia innegable de ex gobernadores.

Sin embargo, para el sexenio siguiente de la ahora codiciada era del “gobernacionalismo”, una nueva característica se añadió al fuero económico dictatorial de sus huestes: manga ancha para solicitar préstamos a la banca privada y con dos características específicas: pagarero a plazos comprendidos entre 5 y 30 años y a través del concepto de Deuda Pública, es decir: con cargo al bolsillo de los habitantes de la región, fueran o no, contribuyentes de la hacienda estatal.

Si bien es cierto que los gobiernos estatales priístas fueron los precursores de dichas estrategias financieras, también es cierto que debido a la flexa regulación de los presupuestos estatales, y desde la propia Auditoria de la Federación, gobiernos de otros partidos hicieron lo propio. Empero, si observamos el mapa electoral del país, de los últimos tres sexenios, veríamos cómo el PRI ha sido mayoría en número de gobiernos estatales hasta la fecha, lo que nos dice, de cierta forma, en qué basaron su idea de unidad y cómo recuperaron la operatividad política con miras a rehacerse de la presidencia.

Así transcurrieron dos sexenios, y a la fecha el verdadero cambio obtenido fue que el partido blanquiazul mostró con claridad su “código postal” y, al mismo tiempo, garantizó su no retorno a las grandes ligas políticas del país… y esto último, no tanto por su creciente corrupción, no, en todo caso, por la ineptitud mostrada para dirigir y administrar de mejor manera que otros, la política nacional.

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