Con todo respeto

Transparencia se escribe con N

Fue hace tres años, cuando, tras convertirse en presidente electo de México, que Peña Nieto realizó su primer encuentro como tal dirigiéndose a conversar con la entonces Consejera Presidente del IFAI, Jacqueline Peschard. Desde entonces a la fecha, una serie de cambios estructurales, presupuestales, controversiales, se han dado desde lo más alto de su ahora nueva fachada, la del renovado Instituto ex-federal y ahora Nacional de Acceso a la Información, con todo y su nueva Ley de Transparencia que, a decir de los que saben, no trae mucho nuevo que presumir, sino todo lo contrario.

Pero para entender parte de este proceso, vale la pena recordar que luego de la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del año 2000, con la colaboración especial del último mandatario tricolor, Ernesto Zedillo un par de costumbres políticas desaparecieron y, otras, surgieron. Por una parte, la primera consecuencia de aquel resultado electoral fue la inminente caída del sistema presidencial mexicano donde los hechos y acuerdos políticos de trascendencia eran consumados desde Los Pinos, dictados al “ache” Congreso, y reproducidos “sin chistar’ por cada uno de los gobiernos estatales, así fueran del mismo partido en el poder o de uno distinto. En su momento, evidentemente que eso comenzó a ser bien visto, a tal grado que hasta hubo quienes hicieron ver eso como el despertar de la democracia mexicana... ja-ja!

Entre tanto, el efecto de tales ajustes al renovado orden político, dio como resultado que los gobernadores convirtieran la ocasión en una oportunidad para liberarse no solo del presidencialismo dictatorial que los había regido sino, también, convenientemente, para independizarse de una serie de controles y ataduras de orden federal en materia financiera, fiscal y económica, logrando que dichos menesteres, en términos de criterios, regulaciones y autorizaciones, fueran trasladados al orden local de sus entidades, vía sus propios congresos y tesorerías estatales.

Evidentemente, tales acciones tomaron meses y, en algunos casos, hasta años para ver consagrado su nuevo fuero económico, donde el común denominador resultó ser: darle toda la autoridad al gobernador estatal para pedirle al erario nacional su propio presupuesto estatal, así como todas las libertades para usarlo a discreción y, lo más importante: sin rendir cuentas. El modelo era muy claro: tal y como lo habían hecho cada uno de los presidentes del país, pero ahora desde la figura de los gobernadores, en una especie de presidencialismo regional contemporáneo. Y como por arte de magia, rápidamente replicado por todos y sin oposición de nadie.

Dicho modelito de autofinanciación económica, en menos de un sexenio les brindó una renovada autonomía financiera, con un gran impacto en el control de su propia política, que a la postre convirtió a la mayoría de los gobernadores en protagonistas de sus estados, ya fuera vía medios de comunicación o desde sus trincheras. Empero, lo que verdaderamente obtuvieron fue una forma de enriquecer a sus propios partidos con miras a garantizar la construcción de sus carreras aspiracionales, ya sea con rumbo la presidencia o para los cuerpos legislativos federales, como lo son las diputaciones o las senadurías, espacios que hoy, dicho sea de paso, por ello reflejan un incremento de exgobernadores en sus curules… y en la banca, también.

Sin embargo, para el sexenio siguiente de la ahora codiciada era del “gobernacionalismo”, una nueva característica se añadió al fuero económico dictatorial de sus huestes: manga ancha para solicitar préstamos a la banca privada y con dos características específicas: pagarero a plazos comprendidos entre 5 y 30 años y a través del concepto de Deuda Pública, es decir: con cargo al bolsillo de los habitantes de la región, fueran o no, contribuyentes de la hacienda estatal.

Si bien es cierto que los gobiernos estatales priístas fueron los precursores de dichas estrategias financieras, también es cierto que debido a la flexa regulación de los presupuestos estatales, gobiernos de otros partidos hicieron lo propio. Empero, si observamos el mapa electoral del país, de los últimos tres sexenios, veríamos cómo el PRI ha sido mayoría en número de gobiernos estatales hasta la fecha, lo que nos dice, de cierta forma, en qué basaron su idea de unidad y cómo recuperaron la operatividad política con miras a rehacerse de la presidencia.

Considerando el recuento anterior, vale la pena reflexionar sobre el acercamiento que Peña Nieto tuvo desde entonces para con el IFAI, el órgano garante de la transparencia nacional, a quien de la nada, y sin pedirlo, le ofreció darle tooodo su apoyo y hasta trabajar arduamente por un tema sensible para la sociedad: la rendición de cuentas, y especialmente, en materia financiera de los estados... qué lindo gesto! Dado lo anterior, resulta curioso que Peña Nieto, previo al inicio de su sexenio, entre un par de temas aún más importantes para la gente y el país, haya resuelto que algo importante por atender fuera, por un lado: proponerle al IFAI el fortalecimiento de la transparencia en  rendición de cuentas y; al mismo tiempo, le ofrezca arroparlo, para fortalecer su cuerpo colegiado con las suspicacias que ello puede generar, entre ellas: la simple sospecha de que EPN podría estar más que ofreciendo una mano, metiéndola, quizá para buscar salir mejor librado de temas nada cómodos que, previsiblemente, se han presentado y seguirán haciéndolo durante su mandato, es decir: consultas de información sobre su propio manejo económico, como presidente, como gobernador, como candidato y/o de sus correligionarios. Y es que si de algo se va a tratar este sexenio es, precisamente, de garantizar el siguiente… Y para ello, la real transparencia y la total rendición de cuentas, no ayuda ni el político, ni el social.

con.todo.respeto@live.com