Con todo respeto

Tejiendo fino

Tras la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del año 2000, con la colaboración especial del último mandatario tricolor, Ernesto Zedillo un par de costumbres políticas desaparecieron y, otras, surgieron. Por una parte, la primera consecuencia de aquel resultado electoral fue la inminente caída del sistema presidencial mexicano donde los hechos y acuerdos políticos de trascendencia eran consumados desde Los Pinos, dictados al “ache” Congreso, y reproducidos “sin chistar’ por cada uno de los gobiernos estatales, así fueran del mismo partido en el poder o de uno distinto. En su momento, evidentemente que eso comenzó a ser bien visto, a tal grado que hasta hubo quienes hicieron ver eso como el despertar de la democracia mexicana... ja-ja!

Entre tanto, el efecto de tales ajustes al renovado orden político, dio como resultado que los gobernadores convirtieran la ocasión en una oportunidad para liberarse no solo del presidencialismo dictatorial que los había regido sino, también, convenientemente, para independizarse de una serie de controles y ataduras de orden federal en materia financiera, fiscal y económica, logrando que dichos menesteres, en términos de criterios, regulaciones y autorizaciones, fueran trasladados al orden local de sus entidades, vía sus propios congresos y tesorerías estatales.

Evidentemente, tales acciones tomaron meses y, en algunos casos, hasta años para ver consagrado su nuevo fuero económico, donde el común denominador resultó ser: darle toda la autoridad al gobernador estatal para pedirle al erario nacional su propio presupuesto estatal, así como todas las libertades para usarlo a discreción y, lo más importante: sin rendir cuentas. El modelo era muy claro: tal y como lo habían hecho cada uno de los presidentes del país, pero ahora desde la figura de los gobernadores, en una especie de presidencialismo regional contemporáneo. Y como por arte de magia, rápidamente replicado por todos y sin oposición de alguno.

Dicho modelito de autofinanciación económica, en menos de un sexenio les brindó una renovada autonomía financiera, con un gran impacto en el control de su propia política, que a la postre convirtió a la mayoría de los gobernadores en protagonistas de sus estados, ya fuera vía medios de comunicación o desde sus trincheras. Empero, lo que verdaderamente obtuvieron fue una forma de enriquecer a sus propios partidos con miras a garantizar la construcción de sus carreras aspiracionales, ya sea con rumbo la presidencia o para los cuerpos legislativos federales, como lo son las diputaciones o las senadurías, espacios que hoy, dicho sea de paso, por ello reflejan un incremento de ex gobernadores.

Sin embargo, para el sexenio siguiente de la ahora codiciada era del “gobernacionalismo”, una nueva característica se añadió al fuero económico dictatorial de sus huestes: manga ancha para solicitar préstamos a la banca privada y con dos características específicas: pagarero a plazos comprendidos entre 5 y 30 años y a través del concepto de Deuda Pública, es decir: con cargo al bolsillo de los habitantes de la región, fueran o no, contribuyentes de la hacienda estatal.

Si bien es cierto que los gobiernos estatales priístas fueron los precursores de dichas estrategias financieras, también es cierto que debido a la flexa regulación de los presupuestos estatales, gobiernos de otros partidos hicieron lo propio. Empero, si observamos el mapa electoral del país, de los últimos tres sexenios, veríamos cómo el PRI ha sido mayoría en número de gobiernos estatales hasta la fecha, lo que nos dice, de cierta forma, en qué basaron su idea de unidad y cómo recuperaron la operatividad política con miras a rehacerse de la presidencia.

Al día de hoy, tras el segundo informe de gobierno, algo que queda claro son los efectos económicos y de poder que le dieron a esta etapa la influencia de los gobierno locales, afines políticamente, sin los cuales, difícilmente habría sido posible emanar la mayoría de los proyectos ahora tangibles en las propuestas presidenciales de las últimas horas.

Sin embargo, con todo lo verosímil de lo anterior, es claro que una de las eras que ahora comienza es, precisamente, el retorno del presidencialismo bajo el renovado tamiz de una nueva generación de hombres de la política que si bien persiguen lo mismo que sus antecesores, simplemente tienen otras formas de conseguirlos, y no precisamente otras formas fuera de lugar o equívocas, sino todo lo contrario. De hecho, en este mismo momento, la otra preclara acción de gobierno es que ya han logrado asegurar su permanencia en el poder no un sexenio más sino, cuando menos, los próximos dos periodos. Y eso, con todo y que antes también lo tenían planchado, lo resolvían de uno modo distinto, digamos no, precisamente, tejiendo fino… como ahora.

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