De Tácticas y Estrategias

Winston Churchill: 50 años después

Al mundo parece no irle tan bien. No son sus mejores tiempos. Desde el fatídico 11-S, Occidente camina —paso a paso, sin descanso y sin retorno— a una confrontación cada vez más sanguinaria e irracional con una parte del islam radicalizado. Además, la economía mundial no prende. Europa está alicaída: el dinero no rinde, los políticos desilusionan y los aires tentadores de los extremismos vuelan muy cerca de las urnas.

Bajo ese marco, no tan optimista, mañana se cumple medio siglo de la muerte de Winston Churchill, uno de los grandes pilares del Reino Unido y, sin duda, artífice de la Historia contemporánea.

Pocos, muy pocos, gobernantes pueden sustentar el verdadero significado de ser estadista. En el mar de megalomanías, de políticos enanos, de rémoras generadoras de pleitesías huecas, la mediocridad, la envidia, la doble moral y la mezquindad son el pan de cada día en gran parte de los parlamentos y despachos de los mandatarios de casi todos los rincones del planeta.

Escritor (premio Nobel de Literatura en 1953), periodista, militar, político y pintor, Churchill se supo manejar con maestría en las altas esferas del poder: Visionario —advirtió primero de la confrontación que derivaría en la Primera Guerra Mundial y luego de las ambiciones de Hitler— y estratega —como militar, como primer lord del almirantazgo, y como premier, para defender a Gran Bretaña de la Luftwaffe—.

Pero también Churchill contribuyó con otro tipo de armas para poder sobrevivir y destacar en ese mar de bestias hambrientas mimetizadas en “adversarios políticos” o incluso de “compañeros de partido”: la congruencia, la magistral oratoria, el uso del humor, de la ironía y del saberse reír de uno mismo (“A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”).

Y la imagen. Churchill supo vender su personalidad y su aspecto físico como un verdadero icono del buen gobernante. Y hoy, décadas después de haber dejado 10 Downing Street, la vieja figura regordeta, cachetona, impecablemente vestida de negro y con su inseparable habano, sigue presente para recordarnos que en política pueden existir hombres y mujeres de gran estatura moral, comprometidas con los ideales y la democracia.

Hoy en día, ante el horizonte que acecha al mundo, ¿qué diría sir Winston Churchill?

Quizá repetiría: “Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa”.