Ante el espejo

Nostalgias de mis tiempos (2 de 2)

En la era de la posmodernidad pareciera que mi Valle se halla cada vez más cercano de la era del vacío, es decir, de los aspectos más significativos de nuestros tiempos que representan nuevas actitudes de los individuos como la apatía, la indiferencia, la frivolidad, y fundamentalmente el principio de la Seducción reemplazando al principio de Convicción, es decir, la "era del consumo". El arraigo por la "matria", la nostalgia por el terruño y la querencia por la comunidad me obligan a traer de vuelta algunas de las manifestaciones más emblemáticas de nuestra herencia cultural.

Basta echar una mirada a la bioclimática ya narrada para darnos cuenta de las múltiples formas y colores que la flora provee, entre orquídeas, aves de paraíso, alcatraces y muchas otras que son la fuente inspiradora de las letras y de las artes que el artesano, artista o simple espectador aprecia y valora en su justo medio.

Viene a mi memoria la música generada por nuestro ilustre violinista, el maestro "Silvanito"; qué decir de los ritmos de la antigua banda de Otumba liderada por don Eustolio. El ambiente campirano con acordes lentos del viento y solfeos constantes nos legaron ilustres espectáculos de múltiples facetasen aquel lúgubre pero familiar teatro de la escuela Pagaza.

Las fronteras culturales de mi Valle se hallan por doquier, tanto, que ha adoptado desde regiones muy distantes filosofías orientales de la vida, con maneras eminentes como las de la religión budista.

He de confesar que mi pasión por el ciclismo de montaña me lleva a las rutas de "la gran Stupa Bon" y de "la Stupa de la Paz", tranquilidad absoluta del mundo que nos estremece ante el mismo ser practicando el culto; no por nada el Dalai Lama bendijo dicha tierra pues el iridiscente cuarzo gigante de San Gaspar sí que lo ameritaba.

Pero la espiritualidad ya de siglos arraigada se evidencia en nuestras fiestas como las de la candelaria en Otumba, las del señor de Santa María, el cordonazo de San Francisco con sus yuntas estéticamente adornadas y su andar cadencioso de glamour elegante; todas ellas acompañadas por procesiones de regiones distantes. Resalta a manera de contraste el cristiano y morisco estilo de Maranatha, por su opulente religiosidad.

Ya he dicho que nuestro Valle goza de multiformes edificaciones; sin embargo, en los últimos tiempos se ha caracterizado por "starchitects" mexicanos de talla mundial cuyas formas y colores se han implantado en el entorno, porque los estilos arquitectónicos son poco homogéneos al ambiente típico, a la tectónica y al contexto bioclimático del lugar, donde muchas construcciones consumen grandes y costosas energías fósiles.

Quiero destacar las construcciones de Gómez, Kalach, Norten, González, Hernández. Y las más atinadas al concepto vallesano, las obras de Legorreta y de Yturbe, maravillosas que nos recuerdan los andares quijotescos de uno de los pilares de la arquitectura vallesana: "el Púa".

Lugares emblemáticos como zanjas y ríos, cascadas y miradores, calles y callejones, pozos y molinos, puentes y casonas ilustres todas narran microhistorias, que van desde el mito a la leyenda ya sea personal o grupal que se funden en el tiempo y se estructuran en la memoria colectiva de la identidad no líquida, descompuesta o derretida. Para muestra están las películas de "Rosauro Castro" en donde Gavaldón retrata al cacique feudal; "La justicia tiene doce años" que representa el ideal conmutativo y distributivo; "Los hermanos muerte" que representan las prácticas sociales de un México muy presente.

En nuestro amado pueblo aún perdura el candor del sacerdote Archundia, se practica la sabiduría del maestro Velázquez, vaga la agradable locura de "el Cajeta", y se consume la herencia panadera del Sr. Jaramillo. En fin, de paisano a paisa@s –y parafraseando a Castillo y Piña- "... con el único fin de dar una prueba inequívoca del acendrado amor que profeso a mi idolatrado Valle, a quien yo tanto admiro".