Ante el espejo

México e innovación

El mejoramiento de las condiciones de la calidad de vida de los mexicanos responde a situaciones multifactoriales en las que indudablemente cobran mayor trascendencia tópicos como la educación, la seguridad pública y el combate a la corrupción. Las problemáticas que en esos rubros se han desencadenado provocan la falta de visión sobre tres factores que inciden directamente en nuestra mejora continua: innovación, ciencia y tecnología.

Según el Índice Mundial de Innovación 2014, publicado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, México se ubicó en el lugar 66 de 143 países con 36.02 puntos, muy por debajo de los tres primeros lugares: Suiza, Reino Unido y Suecia que obtuvieron 64.78, 62.37 y 62.29, respectivamente. Llama notoriamente la atención que Barbados, Panamá y Costa Rica se encuentran por encima de nosotros en las posiciones 41, 52 y 57.

Indudablemente, una de las principales causas por las que México aparece en lugares tan discretos de la escala internacional es la inversión pública en ciencia y tecnología, que apenas alcanza 0.46% del PIB, mientras que Israel –país que mayor número de patentes registra anualmente– invierte 4.3%; Estados Unidos 3% y Alemania 2.8%.

La responsabilidad en la innovación no es un monopolio del Estado.Más allá de los fondos públicos, son fundamentales los recursos que se destinan por quienes detentan los capitales. En México, el sector privado representa 39% de la inversión en innovación, mientras que la media de los países miembros de la OCDE es del 67%, lo que se traduce en una baja penetración del capital privado, en su mayoría de corto plazo.

Para superar nuestra situación actual, es necesario un nuevo enfoque de las políticas públicas que fomenten el desarrollo tecnológico. Para ello, en una visión pentafásica los elementos indispensables son: crear una cultura de la innovación, fomentar la educación para la misma –Finlandia e Irlanda tienen 25 graduados en ingeniería por cada millón de habitantes y México solo 7–, derogar las leyes que "matan" la innovación, estimular la inversión en este rubro y globalizarla –solo el 1% de los estudiantes mexicanos se encuentra en el extranjero y contamos únicamente con 30 mil doctores–.

Esos cinco elementos deben dirigirse en áreas que se han llamado "las grandes revoluciones" del sector tecnológico como son: la inteligencia de negocios, industria creativa, aplicaciones en la nube, uso de drones, nanotecnología y biotecnología, acompañados de asociaciones público-privadas que fomenten la creación de centros de investigación, desarrollo de proveedores, aumento de los procesos de innovación y financiación de proyectos de desarrollo tecnológico.

La apuesta de esta revolución tiene destino en la población juvenil que estudia y que por ahora desea formar parte de esa comunidad selectiva, cuya preparación no tiene fronteras territoriales ni tecnológicas, para que la innovación se encamine hacia una activa reproducción generacional.

Debemos seguir preocupándonos de nuestro pasado como país, nación y cultura mexicana, de ello no cabe la menor duda, pero ahora más que nunca es necesario ocuparnos del futuro y encontrarnos a la vanguardia en la era de la economía de la inteligencia. El pueblo de México no solo lo merece, sino que exige mayor tiempo, espacio y energía que movilice la innovación científica y tecnológica.

Extracto de la conferencia "Juventud, innovación y multiculturalismo" dictada en el Tecnológico de Estudios Superiores de Valle de Bravo, el 13 de noviembre de 2014.