Ante el espejo

Futbol: Democracia y valores

La magia del futbol descansa en lo democrático que puede ser su destino: las historias épicas se escriben lo mismo en el llano, lejos de los reflectores y la televisión, que en el más ostentoso de los estadios. Salvo algunas excepciones, los héroes de este deporte están respaldados por historias de adversidad, el sufrimiento es su catapulta.

Una dualidad permanece, las gestas inolvidables provienen de la cancha y los capítulos más bochornosos comienzan en Zúrich o al menos allá encuentran su complacencia. Los dirigentes del futbol hicieron de él una industria que tal y como lo sentenció Galeano, atrofió la fantasía y prohibió la osadía. La tecnocracia destierra el espectáculo de lealtad competitiva e introduce la voracidad de los negociantes que no titubean para saciar su ambición desmedida.

El futbol es también un ingrato que cobra factura a leales y traidores. Las estrellas de la cancha suelen ser fugaces, los aficionados ambivalentes y los dueños del negocio malagradecidos con los artífices de sus ganancias. A pesar de ello es una fábrica de idolatrías históricas: Puskas, Di Stefano, Charlton, Pelé, Beckenbauer, Cruyff, Platini, Maradona, Baggio, y los actuales Messi, Ronaldo, Müller. Las listas de héroes son interminables e imborrables en la memoria de quienes fueron testigos de sus glorias u oyentes de sus proezas.

La pasión puede ser lo mismo el producto del palmarés ganador que del perdedor porque los enfrentamientos subliman la guerra entre naciones, ideologías o barrios. En 1936, la derrota de Alemania ante Noruega en los Juegos Olímpicos de Berlín fue motivo para que Göebbels –el ministro de propaganda del Tercer Reich– afirmara que ganar un partido podía ser más importante que conquistar algún pueblo en el este. El resultado del futbol puede ser causa de la alegría o depresión de un país entero.

Sin embargo, las emociones del campo contrastan con las del organismo rector. En esa cancha las historias se apartan del juego y se empañan de corrupción. El perfil del dirigente es recurrentemente el de un dictador. Los dos últimos presidentes de la FIFA, Havelange y Blatter son autoritarios que permanecieron 24 y 17 años en el poder, pero que llegaron a éste con la promesa de redención. Las luchas intestinas en esa élite son las de una política que se impone, los críticos de hoy son los cómplices de mañana.

El buen futbol sigue siendo de los genios y los artistas a quienes no destruyen las componendas para designar sedes mundialistas porque siempre llegan a la cita que la esperanza del futbol brillante les ha programado. En la mayoría de las finales –como la del sábado entre Barcelona y Juventus– el buen futbol es a menudo el principal ausente. La expectativa del juego admirable se reduce a dos o tres chispazos, pero de vez en cuando resurgen las jugadas y los goles de otro planeta.

En todo juego, pero aún más en el futbol, es importante respetar las reglas de la dignidad, honor y lealtad, es decir, ajustar nuestro actuar (dirigentes, jugadores y aficionados) al principio alexyano de integridad.