Ante el espejo

Apóstoles de la nada

Se nos dice que en Occidente vivimos tiempos de decadencia, que la posmodernidad mal asimilada nos ha proveído ignorancia e inacción, la sociedad del espectáculo y la era del consumo nos arrojan en su mayoría frivolidad y simulación, que se presentan como una constante en la masa social; desinterés creciente ante los valores intangibles e inmutables como la libertad, la dignidad, la igualdad, la justicia, la fraternidad, entre muchas otras conquistas del devenir greco-latino le resultan de la menor importancia a una cultura, ausente cada vez mas de reflexión crítica e investigación analítica ante el maravilloso y sorprendente universo de existencia que nos ofrece la vida.

La naturaleza humana siempre ha hallado fortaleza en la filosofía, como faro que guía la solidez del espíritu para sumar y multiplicar a la comunidad, beneficios de racionalidad y razonabilidad; por su parte la religión –teología- debidamente interpretada y aplicada no hace más que una adecuada ordenación de nuestro sentir y del pensar para con nuestros semejantes. La ciencia y la tecnología son esa innovación que nos ayudan a evolucionar cada vez con mayor calidad en nuestro estadio bio-sico-social.

El respeto y la curiosidad resultan fundamentales para toda civilización, independientemente de la época o región que se imagine, en nuestros tiempos es inimaginable una sociedad cerrada, que se niegue a la apertura espiritual, el intercambio cultural o el comercio como desarrollo sostenible. Una relación entre oriente y occidente fructífera -como históricamente ya lo ha sido- en armonía bajo un Estado de Derecho común, debe potenciar las virtudes intangibles de la humanidad, y eso estamos obligados como humanidad a lograr.

La escuela de Kyoto, representada por los grandes maestros orientales zen, budistas de la tierra pura: Nishida, Tanabe y Nishitani son un magnífico ejemplo de este intercambio transaccional que no arroja más que puras ganancias para el oriente y el occidente y ninguna sola pérdida. Pues su aportación universal por el "Principio interior, el Yo auténtico o el No yo univoco y comprensivo" son una auténtica muestra de relación o intercambio filosófico, religioso e inclusive sociopolítico.

Se dice –por ellos- que lo real se nos presenta mucho más real cuando alcanza la conciencia, una comprensión plena, absoluta y pura. Lo opuesto es la nada, como rechazo de circunstancias conceptuales, renuncia a la esquematización de la sociedad, un escape del orden pactado, el abandono de toda relación estatal... un vacío total y absoluto, que no representa ni siquiera la muerte. Bajo una perspectiva opuesta, distante de las preconcepciones occidentales y muchas veces inocuas.

La escuela de Kyoto es un excelente eslabón que une el oriente milenario y el occidente joven, la relación entre éstos dos hemisferios debe de seguirse fomentando por los sólidos y amplios caminos que han construido los sabios y los artistas, y jamás por los intereses mezquinos y banales que la posmodernidad nos vende. El pensar como auto-alumbramiento es un re-nacer para un cambio-transformación de la forma de ver los fenómenos y hechos de la vida compartida de un modo distinto; y así dejar de ser apóstoles de la nada.