¿Hay vida en la Tierra?

Certidumbres, asideros, rituales, rutinas, contextos… Hablo de esa alegoría que llamamos vida. El título de esta columna lo tomo prestado de un libro de Juan Villoro publicado por editorial Almadía.Villoro encarta en este libro cien textos breves que él llama “articuentos”. Una especie de relatos que entretejen la ficción de lo cotidiano y que publicó antes como columnas periodísticas.No abundaré sobre el currículo de Villoro.

Pero sí diré que concuerdo con él cuando afirma que los periódicos necesitan dos tipos de colaboraciones: aquellas que viven de la necesidad de información noticiosa, del vendedor encabezado coyuntural, y las otras; las colaboraciones que viven de la tentación del escritor por entregar un texto lejos de los aspavientos del “Morning News”, que deje al lector con la certidumbre de un relato de prosa adictiva que dibujó alguna luz de fondo.

El libro se presenta como “Un hilarante catalogo de las paranoias, malentendidos, molestias e ilusiones que conforman la vida cotidiana.

Lo mismo se ocupa de desarrollar una teoría del Mariachi, que de un gurú del Kung Fu, de un peluquero deprimido, de los afilados aforismos de Nietzsche, del diseño de un capitulo de los Simpson en el Distrito Federal, del exilio republicano, o de llegar a nuestro destino con el oportuno atraso para así poder cultivar amistades cual peces dorados”Villoro es uno de esos escritores que en sus textos retratan el llamado costumbrismo urbano en la Ciudad de México.

Un historiador de lo inmediato que se da tiempo para capturar el zeitgeist que retrata, por ejemplo, un atestado aeropuerto en Semana Santa, o las fugas de agua en un pretencioso apartamento de La Roma-Condesa.Hablo pues, de escritores como Agustín Monsreal y sus enanos calvos, de Xavier Velasco y su luna llena en las rocas, de Óscar de La Borbolla y el futuro que no será de nadie, de José Agustín y sus Tragicomedias Mexicanas, de Rafael Pérez Gay y sus paraísos duros de roer, y de José Joaquín Blanco y de sus entrañables crónicas de los años ochenta.

Decía Woody Allen que lo peor de viajar es que uno nunca podrá dejarse en casa. Pero creo que no todo está perdido. Afirmo, categóricamente, que hay vida y residencia en la Tierra. Cosa de viajar ligero, abrazar a los amigos, a la familia; y declarar cotidianamente, empecinadamente, nuestro amor a la vida.  Así. Sin fisuras.  



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