Jodidos, y además culpables

Sólo era cuestión de tiempo para encontrarla en los periódicos. Es una explicación convenenciera, simplona, mediática, y muy popular; pero inútil. Siempre nos la aplican cuando explotan e indignan los problemas en México.Me refiero a infligirnos un juicio sumario, y culpar al comportamiento individual cuya suma desemboca en una irremediable identidad colectiva. Esa suerte de masoquismo, esa reflexión donde a fin de cuentas resulta que los problemas y las tragedias en nuestro país pueden explicarse con una, y sólo una, causa muy clara: Los mexicanos somos mentirosos, derrochadores, corruptos, irresponsables, descuidados, tomadores de cerveza, y tragadores de tacos callejeros, y por eso estamos como estamos, porque somos como somos.¿Es la corrupción una falla en el diseño institucional? ¿Debe ser atribuida en casos concretos para castigar a responsables específicos? ¡No, señores! La corrupción es un asunto Cul-tu-ral. Una especie de mexicanísimo rasgo.Y así, ese tramposo discurso resulta tan propicio para la omisión, la negligencia, y la impunidad de los gobernantes. El mensaje final para la indignación ciudadana, para el desaliento individual, siempre es perverso: “No te quejes, no hagas olas. También tú tienes cadáveres en el closet, habrás mentido, seguro alguna vez sobornaste a un agente de tránsito. Luego entonces, tienes el Gobierno que mereces”.Pues no. Tal idea atenta arteramente contra los motivos del contrato social, contra las raíces de la construcción de un Estado, de sus instituciones, y de un mínimo orden político. Los individuos aceptamos pagar impuestos, otorgamos poder institucional a ciertos individuos, y acordamos acotar ciertas libertades individuales precisamente para vivir al amparo de un Estado de Derecho que nos trascienda, y que siempre intente, y en la mayoría de los casos logre identificar, disuadir, y castigar actos y conductas individuales que lesionan la convivencia social.  Afirmar que vivimos en un Estado Fallido es rendirse, por salud mental debe existir todavía el beneficio de la duda, o por lo menos la esperanza. Pero sí afirmo que vivimos una época de gobernantes incapaces, extraviados, y timoratos. Gobernadores y alcaldes que en diversas regiones de nuestro país, por omisión o por comisión, se pusieron al nivel del crimen organizado y del desorganizado, que se emborracharon de dinero prestado y de ambiciones de omnipotencia. Gobernantes de carácter minúsculo que traicionaron el contrato social. 


 @hhramos