Sentido contrario

Lo que vio el señor Zapruder

Si el presidente Kennedy hubiera muerto en México, cualquiera habría resuelto el asunto diciendo que se trataba de un suicidio, de una tragedia derivada de un triángulo amoroso, de un ajuste de cuentas, de una disputa por territorios entre narcotraficantes o de un pleito de cantina. Nadie diría ni pío y todos quedarían muy contentos con la eficacia investigativa de las autoridades. Seguirían celebrando 50 años después la manera como se aclaró todo en un santiamén. Pero no, Kennedy murió baleado en Dallas y nadie puede explicar todavía lo que ocurrió.

Ese día, mientras la noticia del atentado contra el presidente corría de boca en boca en Estados Unidos, las televisoras enviaron de inmediato a sus reporteros a las calles. Cargando sus micrófonos enormes, enredados en un montón de cables, abordaban a los transeúntes en Dallas. Una abuela temblorosa, un hombre indignado, un ama de casa llorosa, una niña asustada. Todos asumían su dolor por el atentado contra el presidente y soltaban ante los nerviosos hombres de la televisión sus miedos, sus angustias, sus incertidumbres. Las imágenes
se enviaban al estudio y de ahí se transmitían en blanco y negro a los hogares estadunidenses.

En un pequeño set de un par de metros en el estudio, sentados ante una mesa con un teléfono blanco y un gran cenicero, un par de conductores con la boca seca y la frente sudorosa trataban de hallarle sentido a la historia que sacudía a la nación. Intentaban, sin éxito, hilar la trama minuto a minuto, pero las comunicaciones fluían a la velocidad de una tortuga. En realidad no tenían ni idea de lo que estaba pasando en Dallas, en Washington, en Nueva York. En ninguna parte. Fumaban como condenados a la horca, llenaban de humo el mínimo espacio, miraban de reojo a los productores y se interrumpían uno al otro todo el tiempo con noticias de última hora, literalmente. No sabían si el presidente estaba vivo o muerto, si había llegado a un hospital, si estaba en el quirófano o en la morgue, y si alguien había sido atrapado por la policía en las inmediaciones del lugar de los hechos.

De pronto apareció frente a ellos un hombre tímido, de mediana estatura, un poco más que maduro, calvo, con anteojos y vestido como mesero, con corbata de moño y camisa blanca. Intimidado por el ambiente en el estudio, llevaba apretujado en las manos su sombrero negro. Se sentó a la mesa sin que el conductor le hiciera mucho caso. Apenas lo presentaron, sin muchas explicaciones, como un testigo ocasional. Casi sin que le preguntaran comenzó a relatar su experiencia de aquel día cuando vio cómo las balas daban contra el cuerpo del presidente. Evitaba los detalles en su historia siguiendo tal vez las instrucciones de alguien de la producción que le había advertido sobre la importancia de la brevedad en la televisión.

Hizo un mohín de enojo y desconcierto cuando se dio cuenta de que sus palabras iban a dar al montón de testimonios banales de las señoras angustiadas y las niñas lloronas: "Lo miré pasar en su auto y sentí una gran emoción, levanté la mano para saludarlo, nuestras miradas se encontraron y me di cuenta de que estaba viviendo el momento más importante de mi vida". Etcétera.

Lo que el señor Abraham Zapruder quería decir frente las cámaras de televisión es que había visto a una corta distancia cómo estallaba la cabeza del presidente, cómo caía en los brazos de su esposa chorreando sangre, cómo Jacqueline se deslizaba a gatas hacia la parte trasera del automóvil en movimiento para recoger los fragmentos de cerebro y cráneo de su marido, cómo se escuchaban los tiros y la gente gritaba y se echaba al piso. Y lo más importante: lo había filmado todo con una pequeña cámara de cine de ocho milímetros. Era el principal testigo del atentado contra el presidente y nadie le hizo caso.

Unas horas más tarde, ya iniciada la investigación, su película estaba en manos del FBI y del Servicio Secreto estadunidense. A modo de título llevaba su nombre y fue durante largo tiempo el más valioso material disponible para esclarecer los hechos. Todavía lo es, de hecho, cuadro por cuadro, con sus 26 segundos de tragedia estadunidense.

La vida del comerciante de ropa femenina de 58 años y de origen ruso fue otra desde ese momento. Obtuvo de inmediato 150 mil dólares de la revista Life por los derechos de publicación de las imágenes de su película y sus herederos recibieron finalmente 16 millones de dólares por la breve cinta.

Zapruder murió en 1970 y no se llevó ningún secreto a la tumba. El magnicidio, sin embargo, sigue siendo un misterio indescifrable, un enigma lleno de detalles. Un mito.