Sentido contrario

La vida: mentiras y verdades

Siempre me impresionó Jack Torrance. Era un escritor muy disciplinado. Se sentaba durante largas horas en su mesa de trabajo y tecleaba sin parar, con un gélido y solitario paisaje montañoso al otro lado de un amplio ventanal. Administraba muy bien su tiempo. En sus ratos libres perseguía a su flacucha mujer y a su inocente hijo con un hacha o con una sierra. Cuando uno leía lo que había escrito, centenares de páginas cuidadosamente apiladas en su pulcro escritorio, se encontraba con un refrán repetido millones de veces. Algo así como: “No por mucho madrugar amanece más temprano”. La obra monumental de un loco al cuidado de un enorme hotel abandonado en las montañas heladas y empeñado en sorprender al mundo con su primera obra literaria. Torrance es aquel personaje creado por el prolífico Stephen King en su exitosa novela El resplandor. Hay quien asume que este escritor esconde bajo la piel el alma desconocida de King, tal vez sus más secretas pulsiones.

Con su ropa informal, su sonrisa seria y su copete cayendo de manera descuidada sobre su frente, King parece un profesor universitario recién salido de la regadera. Tiene otros álter ego que caminan por las páginas de sus libros. El sufridor Paul Sheldon de Misery, por ejemplo, aquel escritor maduro que sufre un accidente en una carretera solitaria y es rescatado por una admiradora fanática, una enfermera enloquecida que lo acoge en su casa y termina rompiéndole las piernas para que no escape. O la Bobbi Anderson que escribe historias de vaqueros en Los Tommyknockers y acaba viviendo entre la genialidad y la estupidez después de toparse con una nave extraterrestre.

Estas y otras historias concebidas por King, casi toda su obra de hecho aunque muchos la miren con cierto desprecio, han sido extraordinariamente exitosas entre los lectores populares del mundo entero y han multiplicado su difusión a través de sus versiones en el cine y la televisión.

King ha puesto a los ojos de millones de personas lo que hace un autor sentado en su mesa de trabajo, escribiendo sin parar incluso textos sin sentido, como Jack Torrance. Como un loco. Hay quien asegura que de eso se trata la tarea de escribir, de un acto de locura, casi de arrebatos demenciales. O tal vez de un virus desconocido y muy selectivo.

King ha contado que se levanta a las ocho de la mañana y se pone a trabajar en ese momento, cuando tiene la mente despejada, “incluso vacía”. A lo largo de los últimos 25 años ha escrito así un libro y medio por año. Alguna vez, atrapado por las más inexplicables obsesiones, se propuso escribir 11 cuartillas cada día y cumplió su cometido con una absurda disciplina, sin comer nada mientras tanto, bebiendo te y café por galones, sin fumar.

A pesar de sus manías, el autor de Carrie le ha sacado el bulto a los vicios que han llevado al éxito a algunos escritores célebres mientras los encaminan lenta y dramáticamente hacia una dolorosa autodestrucción. En su autobiografía Mientras escribo, publicada en el 2000, se ha referido de manera detallada a los malos días que pasó luchando contra las drogas y el alcohol que le ayudaban a escribir. Su Bobbi Anderson de Los Tommyknockers adquiere de los alienígenas una imaginación descomunal, energía creativa pura, pero a cambio les entrega su alma; mientras tanto ha concebido en realidad un montón de tonterías patéticas.

Hundido hasta las pestañas en el bajo mundo de las drogas, William Burroughs pasó buena parte de su vida sentado en el camastro de un cuarto de hotel de mala muerte mirando las puntas de sus pies. Cuando pudo rescatarse a sí mismo, se sentó a escribir textos sorprendentes, derivados a menudo de sus experiencias alucinadas.

Cuando el cineasta canadiense David Cronenberg realizó con mucho tino la versión fílmica de una de sus obras mayores, El almuerzo desnudo, describió a su personaje central, el exterminador de insectos Bill Lee, atrapado por la policía mientras trata de escapar de su mundo de pesadilla. Le preguntan a qué se dedica y responde: “Soy escritor”. Cuando los policías le piden que compruebe su profesión, Bill toma un arma con la que dispara a Joan, su compañera. Entonces le franquean el paso.

En la verdad de la vida real, un día de 1951 en la pesadillesca Ciudad de México, Burroughs le metió un tiro en la cabeza a Joan, su mujer, mientras el alcohol y las drogas le sacaban el Guillermo Tell que llevaba escondido en su inconsciente.

Unos años más tarde, celebrado por todos como el gran autor que se ha sobrevivido a sí mismo, ingresaba con gesto sombrío y mirada fría a la Academia Estadunidense de Artes y Letras.