Sentido contrario

La vida en falso

Es fácil entender por qué vivimos como vivimos en buena parte del mundo. Por qué están las cosas como están desde la administración pública. Por qué la padecemos, la sufrimos. La culpa no es solo de los políticos, porque cualquiera puede asumirse tranquilamente como tal. A fin de cuentas casi todos actúan de la misma manera y ofrecen los mismos resultados tan magros. Pero la responsabilidad de los desastres que nos agobian todos los días está sobre todo encima del escritorio de un administrador público, revuelta entre papeles desordenados, presupuestos elaborados por amigotes, estadísticas falseadas, inventarios omisos, por lo menos. Desde esa mesa, mientras comen frituras y refrescos de cola, toman decisiones sin mirar lo que hacen, compran y venden el patrimonio público como si fuera su propiedad, toleran y prohíben según sus ganas y sus intereses. En fin, bestialidad y media avalada por sus compadres políticos. En su descargo podríamos asumir que tras sus decisiones erráticas se encuentra agazapada una abismal ignorancia, apenas encubierta a menudo bajo una larga lista de experiencias personales y algunos títulos universitarios, que en ocasiones incluyen maestrías y doctorados en universidades de gran prestigio —a veces del todo falsos—. En México mucho sabemos sobre este tema que, por cierto, muy pronto pasa al olvido cuando alguien es puesto en evidencia mientras otros asuntos más graves atraen nuestra espantada atención.

Pero podemos suspirar con cierta tranquilidad. En otros países los títulos patito son más frecuentes, incluso en la docta Europa, en las admiradas cunas de muchos conocimientos cruciales para el mundo entero, como Alemania y Francia, donde los títulos académicos pesan mucho en todos sentidos. Y las decisiones que yacen por debajo de ellos son tal vez más desesperantes.

Tan cotidianas son las sospechas sobre la ostentación de títulos apócrifos y sus confirmaciones, que en Alemania un nutrido contingente de ciudadanos de a pie se ha constituido desde hace unos años en una suerte de policía académica que trabaja en torno a un portal de internet, VroniPlag, que recibe todo el tiempo quejas, pistas, denuncias, datos y más datos. Sus esfuerzos no han sido en vano. Se han echado al plato ya nada menos que al ministro de Defensa, Karl-Theodor zu Guttenberg, y a la ministra de Educación e Investigación, Annette Schavan, una figura política sumamente prestigiada y muy próxima a la canciller Angela Merkel. En medio del escándalo perdieron cargos, títulos y un prestigio larga y penosamente acuñado.

Tan frecuente es el asunto que por la lista de personalidades atrapadas en la mentira han desfilado ya Pal Schmitt, presidente de Hungría; Víctor Ponta, el primer ministro de Rumania, y hasta Joe Biden, el vicepresidente de Estados Unidos.

El verano pasado, luego de seis años de investigaciones, las autoridades españolas pusieron al descubierto una vasta red de fabricantes de títulos académicos. Pagaron las consecuencias unos 200 funcionarios públicos que se enriquecían al amparo de documentos falsos mientras asumían todo tipo de decisiones administrativas en perjuicio de miles de ciudadanos.

Otras figuras políticas de renombre en Europa han caído también en el descrédito por sus ambiciones académicas sin sustento. Por ejemplo, Jean-Christophe Cambadelis, primer secretario del Partido Socialista francés, se vio envuelto el año pasado en el escándalo cuando un periodista reveló que no solo eran falsos sus grados escolares, conseguidos con la complicidad de un amigo muy cercano encumbrado en los círculos académicos, sino que había plagiado también el contenido de uno de los libros que había publicado.

El tema regresó hace unos días a los titulares de los diarios cuando trascendió que una figura clave en los más altos círculos académicos de Francia, Geneviève Fioraso, la ministra de Educación Superior e Investigación, ha presumido durante años un título de maestría en Economía que en realidad no tiene. El grado académico aparece en su currículo difundido a través de internet, pero ahora, en medio de los gritos y sombrerazos, la funcionaria explica que se trata de un error. Como los integrantes de su equipo político, culpa de la mentira a sus biógrafos. Se dice escandalizada por las acusaciones que le han caído encima y atribuye el error a una traducción equivocada. Un error que en todo caso no corrigió nunca. Tal vez muy pronto tendrá mucho tiempo libre para hacerlo, como otros que han echado mano del recurso de las verdades a medias para hacerse desesperadamente de una oficina lujosa con un escritorio grande y revuelto.