Sentido contrario

La vida a balazos

La tele de paga transmitió hace unos días un documental sobre el atentado que sufrió Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981. Una recreación dramática de los acontecimientos se detenía en el hospital a donde fue a dar el entonces presidente, que entra caminando. Desfalleciente, pide a los enfermeros más próximos una silla de ruedas. “Sí, hay una, pero no sabemos dónde está”, le responden. El personal del George Washington University Hospital ha sido advertido de la llegada de un paciente, pero no ha sido informado de su identidad ni de su estado de salud. El presidente cae de bruces frente al personal de guardia sin que nadie se acomida a detenerlo. Ahí, en el suelo, recibe la primera atención. Entre el desconcertado equipo de urgencias se abre paso un médico que pregunta ante un paciente casi moribundo: “¿Quién está a cargo?”, “Usted”, le responde una voz entre la multitud. “Eso me pasa por llegar primero”, replica el atribulado galeno. Un agente de seguridad comenta que durante el tiroteo el presidente fue arrojado con fuerza contra su limusina, de manera que es posible que sea una costilla rota la que está provocando un sangrado por la boca del mandatario. Pasan largos minutos hasta que a alguien se le ocurre que puede haber un orificio de bala. Y sí, el presidente ha sido alcanzado por una bala. Otros largos minutos transcurren hasta que el pequeño orificio de un proyectil 22 es hallado. Para entonces, el presidente ha conseguido sobrevivir no solo a la pérdida abundante de sangre, sino también a la improvisación del equipo médico que lo ha atendido.

Pero al mismo tiempo otra persona vivía horas de angustia a causa de aquel atentado. James Brady estaba por cumplir tres meses al frente de la Oficina de Prensa de la Casa Blanca cuando recibió un tiro en la cabeza durante la balacera. Mientras el presidente era celebrado por su fortaleza física, su vocero salía del quirófano tras seis horas de desesperados intentos de los médicos por salvar su vida. Con el cerebro gravemente dañado, ese día Brady perdió en parte la capacidad de hablar, quedó imposibilitado para moverse libremente y vivió el resto de su vida atado a una silla de ruedas y soportando agudos dolores permanentes. Y todo por una pistola barata que el autor del atentado había comprado libremente en una sórdida tienducha de empeños.

Desde su silla de ruedas, animado por su acongojada esposa, Brady dedicó el resto de su vida a luchar por el control de armas en Estados Unidos. Murió en agosto de 2014 a los 73, al cabo de una vida de grandes sufrimientos. “Si tuviéramos una legislación con sentido común yo no estaría en esta maldita silla de ruedas”, dijo alguna vez. Después de mucho pelear en los círculos legislativos a espaldas de su propio partido, el Republicano, dejó como legado la Ley Brady, promulgada en 1993 con mucho bombo por el presidente Bill Clinton. Esta legislación en realidad no sirvió de mucho, aunque dejó en el ánimo de algunos estadunidenses la sensación de que comprar armas y utilizarlas contra el vecino más próximo no era algo socialmente correcto. Sin embargo, la mayoría, casi todos afiliados a la poderosa Asociación Nacional del Rifle (ANR), miró con malos ojos a Brady y a quienes luchaban por el control de armas.

En 1983, un par de años después de haber escapado de una copiosa lluvia de balas con un proyectil alojado en uno de sus pulmones, mientras su jefe de prensa sufría lo indecible para sobrevivir, Reagan se presentó como si nada en una multitudinaria asamblea de la ANR. Era la primera vez que un presidente hacía ronda con los militantes de un organismo que ha defendido durante años por todas las maneras posibles el derecho de cada ciudadano a portar un arma. Su participación en un evento que reunía a un montón de gatilleros con el ego inflado por la cantidad de dinero que aportaban a la presidencia republicana se entendía fácilmente: Reagan era también un militante activo de la ANR.

Barack Obama derramó lágrimas cada vez que personas inocentes caían bajo las balas de un psicópata en una iglesia, en una universidad, en un centro comercial. Nunca pudo contra la ANR y su obsesión por la muerte. Ahora Donald Trump ha renovado el compromiso de Reagan. Les dijo hace unos días en su reunión: “Ustedes me apoyaron y yo voy a apoyarles a ustedes ahora. Les prometo que como presidente nunca interferiré en el derecho del pueblo de tener y portar armas. La libertad no es un regalo del gobierno, es un regalo de Dios”. Apenas unos días antes había firmado la autorización para que los enfermos mentales puedan comprar armas.