Sentido contrario

Las vacaciones del emir

Me pregunto qué diablos cargan en sus maletas los árabes ricachones cuando salen de vacaciones. Imagino que llevarán su patito de hule, sus flotis, sus peluches, las joyas de la familia y montones de billetes. Todo lo necesario para un feliz descanso. El caso es que andan por el mundo con centenares de velices, flotillas de aviones y automóviles y un ejército de sirvientes empeñados en satisfacer la más mínima de sus necesidades. O casi. A finales del año pasado, el jeque de Qatar, Hamad bin Khalifa Al Thani, andaba en Marruecos de vacaciones cuando se rompió una pierna. Parece que en el equipaje a nadie se le ocurrió meter un quirófano portátil, de manera que hubo que llevarlo de urgencia a Suiza para componerle la pierna. Viajaron a Zúrich en nueve aviones, incluido un Airbus. Es de suponerse que en tanto avión llevaban indumentarias para la ocasión y lo necesario para las terapias de recuperación del jeque.

Cuesta trabajo entender la debilidad de los ricachones árabes por el boato, por los miles de empleados, choferes, mucamas, cocineros, las filas de automóviles de lujo, los yates enormes y las flotillas de aviones. Parece que no pueden estar solos ni un momento, ni viajar en Metro, en Uber o a pie.

Hamad bin Khalifa Al Thani, el jeque que se rompió la pierna como cualquier turista desprevenido, tiene sus peculiaridades. Tres años atrás, a sus 61, tomó una decisión que dejó con la boca abierta a todos. Contra la costumbre familiar, entregó el mando de su país, Qatar, a su hijo, el jeque Tamim, de 33 años. Aunque corrían rumores sobre su mala salud, puede ser que quisiera estar un poco solo en medio de su boato, viajar a Marruecos y romperse tranquilamente una pierna, que fue lo que hizo.

La elección de Tamim como sucesor en el gobierno de una pequeña nación árabe extraordinariamente rica y productiva parecía una jugada renovadora en el seno de una familia que ha conducido sus destinos desde hace casi dos siglos. Una apuesta por una cierta modernidad en medio del riguroso tradicionalismo.

Tamim ha sido visto tomando fotos con su celular, lleva las riendas del equipo de futbol París Saint-Germain, peleó y ganó al lado de su madre, Mozah bint Nasser al Missned, el Mundial de Futbol de 2022, preside el Comité Olímpico de Qatar y practica deportes como el tenis, el futbol y el bádminton. Pero no se la pasa jugando. De hecho dedica buena parte de su tiempo a la administración de la fortuna familiar, la del país y la propia. Está pendiente de múltiples negocios inmobiliarios, en Europa sobre todo, del manejo de un buen número de hoteles de lujo, de las inversiones en la Volkswagen y Porsche, en bancos internacionales, en tiendas y supermercados y en la industria del entretenimiento y la información televisiva. Eso entre otras cosas.

Aun entre tanta chamba, Tamim no parecía dispuesto a dejar de lado la costumbre árabe de salir de vacaciones en el verano con la familia, la servidumbre, los aviones, las limusinas y los yates. Así lo vieron arribar hace poco a la isla española de Mallorca. Llegó acompañado por sus tres esposas, sus ocho hijos, cinco jeques, tres jequesas y un ejército de sirvientes, ayudantes, guardias de seguridad, ayudas domésticas, nanas y cientos de maletas. Ya los esperaba ahí una enorme flotilla de limusinas y su yate, el Al Mirqab, uno de los más espectaculares del mundo, con sus piscinas, sus salas de proyección fílmica, apartamentos de lujo y 60 tripulantes. La tradición es la tradición. Sin boato no se puede vivir.

Pero apenas habían desempacado los flotis y los patitos de hule, se habían puesto un poco de bronceador y se habían mojado solo las puntas de los pies cuando el emir emprendió el vuelo. Con una semanita de vacaciones más o menos hizo añicos la vieja costumbre árabe del descanso largo y aparatoso. Es difícil de creer, pero el boato tradicional parece al borde de la desaparición con un emir qatarí que se ve dispuesto a dejar huella en su cultura por sus empeños modernizadores. Seguro es un workalcoholic que no puede vivir sin teléfonos, sin televisión ni diarios internacionales, atento a lo que sucede cada minuto en los mercados accionarios de Estados Unidos, Japón o Londres. El caso es que, en un dos por tres, apareció en Colombia y luego en Argentina, dispuesto a hacer negocios en un mundo que se estremece ante la posible llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Sin duda no llevaba el traje de baño bajo la ropa. Parece deveras que se acabaron las vacaciones al viejo estilo. Los niños, las mujeres y el séquito entero lloran a moco tendido. El mundo árabe se estremece.