Sentido contrario

Los últimos días de Hollywood

Las veía rubiecitas, bien bañaditas, muy peinaditas, con sus vestiditos recién planchaditos. Iban de la mano de sus madres, también muy bañaditas, muy maquilladas y perfumadas. Lucían hermosas sonrisas de dientes perfectos y brillantes. Los niños de traje y corbata, con los zapatos bien lustrados. En las manos, apretado contra el pecho, llevaban el pasaporte para otra vida, más cómoda y exitosa: un fólder con sus datos personales. Pululaban por las calles del pueblo como quienes iban a la conquista de otro mundo, llenos de fe y esperanza.

En realidad, padres y madres ardían en deseos por vender a sus hijos, por sacarles el mayor jugo posible. Con el celular en la mano acordaban citas con representantes, productores, directores, asistentes. Fríos, calculadores, fijaban honorarios, anticipos, créditos. Algunos eran rusos, ciudadanos en fuga de los agobios de vivir en los países de Europa del Este, pero la mayoría eran estadunidenses. Buscaban colocar a sus hijos en una película, una serie de televisión, un anuncio. Lo que fuera.

En la pequeña ciudad de Raleigh, la capital de Carolina del Norte, en Estados Unidos, se hacen contactos, acuerdos, planes para muchos asuntos relacionados con la producción cinematográfica. Su universidad era hasta hace poco uno de los vértices de lo que se conoce en los círculos académicos como el Triángulo de la Investigación Científica, al lado de las universidades de Duke y Durham, que cuentan en conjunto con unas 150 instituciones de investigación científica, encaminadas en buena medida hacia los intereses del sector farmacéutico. Ahora la ciudad, sus universitarios y sus científicos comparten el espacio con los estudios de cine que se han establecido ahí. Muchos de los empresarios y creativos del cine que se han desplazado hasta allá estaban hartos de Hollywood, de sus malos modos fiscales y sobre todo de sus costos instalados ya en el absurdo. Se decidieron a establecer en Carolina del Norte un nuevo Hollywood. En los últimos años se han filmada allá cintas como Blue Velvet, El color púrpura, El fugitivo y Cabo demiedo, entre muchas otras de gran presupuesto.

Nueva York, Georgia, Luisiana y Nuevo México han entrado también a la pelea por hacerse del negocio del cine, lo mismo que muchos otros estados que compiten en los mercados de la producción fílmica con trámites fiscales más amigables, incluidas las exenciones de impuestos, en algunos casos de generosidad extrema.

Al otro lado del país, casi en línea recta, en California, Hollywood ya no es lo que era. A más de uno de los negociantes que han hecho fortuna ahí le tiemblan las piernas. Con la ayuda muy decidida del fisco y su pesada mano, mataron a cuchilladas a la gallina de los huevos de oro. En los últimos 15 años la producción ha disminuido en un 60 por ciento.

A los empresarios y comerciantes de Hollywood les están tirando piedras al techo desde todas partes y no solo desde cada rincón del país. La vecina Canadá ha entrado también en la rebatinga y ha desplegado todas sus bondades para atraer a las producciones fílmicas estadunidenses. Algunos productores no lo han pensado dos veces y se han ido ya a filmar a Toronto y a Vancouver. A cambio han recibido tratos fiscales preferenciales, con ahorros muy significativos que, sumados a los bajos costos de la mano de obra, han hecho de sus presupuestos verdaderos regalos. Más o menos lo que ocurría hace años con la oferta mexicana de privilegios fiscales, bajos costos en los insumos y mano de obra muy barata, además de espectaculares paisajes. De lo que nunca se hablaba entonces era de las raterías de todos contra la producción extranjera. Trabajadores, funcionarios del gobierno y sindicatos hicieron correr a los cineastas. Después de la filmación en México de Dunas, Raffaella, la hija del productor Dino de Laurentiis, se quejó amargamente de la manera en que había sido atracada la producción. Y juró que nunca volvería.

Por si fuera poco, Nueva Zelanda se ha sumado a las filas de quienes buscan bajar del trono a Hollywood. Muchos identifican ya como Wellywood a la ciudad neozelandesa de Wellington gracias a Peter Jackson y su película Avatar y la saga de El Hobbit.

Mientras tanto, en Hollywood, que acaba de perder la filmación de 21 de las 23 series de televisión, más ambiciosas y ha visto cómo se esfuman 16 mil fuentes de trabajo, los gritos de angustia hacen un coro trágico que clama por lo pronto por la implementación de los mismos privilegios fiscales que obtienen los productores en otros lugares. Y rezan para que a nadie se le ocurra llevarse la ceremonia del Óscar.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa.