Sentido contrario

Entre tenores

Leí alguna vez unas declaraciones de Plácido Domingo que tal vez en su momento pusieron los pelos de punta a los amantes de la ópera. Lamentaba el prestigiado tenor las amenazas financieras que inquietan en nuestros días a los músicos, cantantes y productores del viejo espectáculo lírico, y advertía sobre la posibilidad de que algunos espacios consagrados a esta expresión artística comenzaran a cerrar, sofocados por las carencias presupuestales y posiblemente también por la falta de público. Domingo, a cargo de la Ópera de Los Ángeles, mencionaba a modo de ejemplo el cierre en 2008 de la Ópera Pacific del Sur de California ante la imposibilidad de allegarse los fondos necesarios para seguir funcionando, y las amenazas que se cernían sobre la Ópera de San Diego, que funcionaba hasta hace poco con los beneficios de una colecta pública que consiguió reunir la tercera parte de los 6.5 millones de dólares que precisa para sus montajes y su administración.

En medio de gritos, llantos y un gran terremoto sacudiendo su estructura administrativa, la Ópera de San Diego había anunciado su cierre en abril del año pasado, al término de su temporada 2014. Sin embargo, logró mantenerse a flote en la medida en que sus artistas y empleados aceptaron una reducción salarial y se pusieron en práctica descuentos en el boletaje. Se acordó al mismo tiempo la programación de espectáculos menos costosos, la organización de eventos musicales complementarios y mantener la campaña de donativos, que quedó extendida hacia otras compañías de ópera e instituciones musicales, como la Sinfónica de San Diego.

Con sus bolsillos menguados, la Ópera de San Diego mira aún ahora su futuro con cierto miedo. No saben cómo vendrá el año próximo. En realidad tampoco saben si habrá otro año después.

Plácido Domingo ha sabido darle a su voz giros sorprendentes. A la ópera también. Interviene lo mismo en proyectos operísticos de primer nivel que en espectáculos populares sin perder de vista la taquilla. Hace poco anunció su participación en una gala pop en la Ópera de Viena, al lado de Conchita Wurst, un señor barbudo que se viste como señora. Aunque el evento fue suspendido a última hora por Plácido Domingo por razones de salud, quedó bien claro que no le hace el feo a nada ni a nadie. De hecho, en estos días el tenor prepara el estreno en septiembre próximo de Gianni Schicchi, una ópera cómica inspirada en un episodio de La divina comedia, de Dante. La dirección escénica del montaje está en manos de Woody Allen y la crítica se dispone a disfrutar un espectáculo con un libreto actualizado a la luz de tiempos más modernos, con previsibles referencias al cine italiano y “con un estilo cómico de ritmo rápido que recuerda a muchas de sus películas”.

Los tiempos han cambiado ciertamente. Hoy día la ópera se ha transformado en otra cosa. Ya no es el reino de los más conservadores amantes de la música, sino el vasto universo de las vanguardias del arte. Sus producciones, más ambiciosas y más costosas, imponen otra mirada hermanada con frecuencia con el teatro, la música, las artes plásticas y el cine. Allen no es, por supuesto, el primer realizador cinematográfico que incursiona en sus terrenos. Otros directores fílmicos han emprendido exitosos montajes operísticos.

Hoy más audaz y ambicioso, el espectáculo lírico requiere de mayores presupuestos y públicos más generosos. Paradójicamente, sus empeños en pos de la espectacularidad le han cobrado un alto precio. No hay chequera que alcance para cubrir sus necesidades expresivas, su grandilocuencia escénica. Es en esas necesidades que administradores como Plácido Domingo tienen la mirada bien puesta. Hay que aceitar el motor de la creatividad y de la espectacularidad, aunque no a todos les guste. Plácido Domingo ha llamado recientemente a la sobriedad y a la cordura. Está bien sorprender mientras se intenta desbordar las taquillas y llenar las salas, pero no se vale espantar a un público que en cierta medida se ha quedado rezagado en su conservadurismo.

Las ponderaciones de Plácido Domingo han vertido un poco de agua fría sobre el ánimo encendido de los espectadores de la reciente puesta en escena del Guillermo Tell de Rossini en la Ópera de Londres con un libreto modernizado por su director, Damiano Michieletto. El italiano no solo ubicó la acción en la Bosnia de la sangrienta guerra de los años noventa, sino que llevó su obsesión por los detalles a la descripción en escena de la violación de una chica desnuda. La rechifla fue tal que la representación debió ser interrumpida.

Como se ve, el terreno está más que pantanoso.