Sentido contrario

El sexo y el dinero

Los tiempos han cambiado drásticamente. Para algunos más. Antes a la pornografía se le trataba en secreto, se le mencionaba en voz baja, se emprendía mientras sus involucrados huían de la policía y de los curas, que la perseguían con códigos penales y crucifijos en alto. Hoy está a la vista de todo el mundo, en particular en las páginas de internet. Lo que antes se vendía en sobres cerrados, por discretas entregas de correo, en oscuras secciones de librerías y puestos de revistas, lo puede ver ahora cualquiera: ancianas, monjas, curas, jueces.

Hace años, al comienzo de los años 70, cuando Cicciolina apareció con la pechuga y los vellos púbicos al aire muchos se santiguaron. Solo unos cuantos soltaron en público descarados suspiros ante los encantos de la encueratriz italiana de origen húngaro. Los demás se encerraban en el baño para contemplar a gusto sus imágenes impresas a todo color sobre el couché de las más caras revistas eróticas.

Dicen las malas lenguas que Cicciolina llegó a sentirse tan poderosas con las armas de su cuerpo prodigioso, que se le hizo fácil ofrecer en su momento sus virtudes a Sadam Husein a cambio de que le devolviera la paz al Medio Oriente. Lúcida, intuitiva, Cicciolina tuvo a finales de los 80 una inspiración que la llevó de los foros de cine y los estudios fotográficos al parlamento italiano, donde dejó ver sus elocuentes virtudes políticas desde 1987 hasta 1992. Hoy día, es de los pocos sobrevivientes de aquel viejo negocio de la pornografía. A sus 63 años, mirando los tiempos que venían, ha buscado otras maneras de sacarle jugo a sus frondosidades. Su ex marido, artista plástico, la ha inmortalizado con su provocativa belleza, sobre todo en conjuntos escultóricos muy explícitos que recorren las salas de los más prestigiados museos internacionales dejando a medio mundo con la boca abierta.

Cicciolina está vieja para las modalidades que imponen los nuevos tiempos al mercado de la pornografía, en realidad ni tan novedosas ni tan modernas. Pareciera que la pornografía está regresando a sus orígenes en la Edad Media, del brazo de la prostitución. Las mujeres desnudas en los aparadores en Holanda y Alemania que ofrecen sus cuerpos a los transeúntes en realidad nunca se fueron. Solo se hicieron a un lado, un poco alicaídas, mientras florecían los negocios impresos y fílmicos de la pornografía en Europa y en Estados Unidos. Pero ahora que la industria languidece, en plena crisis el concepto parece vigente de nuevo en los aparadores. Reverdece en las esquinas, en los callejones de contacto, en los peep shows, en los negocios de striptease, en los casinos y en los decadentes clubes solo para hombres. El cuerpo no descansa. La carne es la misma. La clientela también. Miran y miran sin tocar.

Pocos en los laberintos del negocio que se hizo viejo de la noche a la mañana sobreviven con dignidad hoy día. Uno de ellos es Larry Flynt. A sus 73 es un veterano, sobreviviente de múltiples batallas de todo tipo. Ha vivido durante largos años del sexo, aun poniendo en juego su vida. Se mueve en una silla de ruedas desde que un fanático lo tiroteó en las inmediaciones del tribunal donde se le juzgaba por obscenidad. Había publicado en su candente revista Hustler fotografías de un hombre negro con una mujer blanca, desnudos hasta los huesos. De hecho, ha pasado buena parte de su vida compareciendo ante la ley, casi siempre acusado de delitos relacionados con la moral. Uno de sus pleitos más escandalosos en los tribunales lo libró contra su propia hija, una militante de las organizaciones en lucha contra la pornografía. Lo acusó de haberla violado cuando era una niña.

Flynt entró en el negocio de la pornografía al comienzo de los 70, en el momento oportuno. Los salones de striptease le dieron a ganar mucho dinero, de manera que cuatro años más tarde invirtió buena parte de sus ingresos en la publicación de su revista de sexo explícito dirigida a los empleados y a los obreros, el sector de más bajos ingresos en Estados Unidos. Pronto estaba poniendo en el mercado tirajes de millones de ejemplares y, al mismo tiempo, acumulando golpes editoriales. Uno de los más sonados fue la publicación de las imágenes de Jacqueline Kennedy desnuda, captadas por un paparazzi. Durante 20 años les sacó jugo a las fotografías más atrevidas de desnudos masculinos y femeninos. Ambicioso, sin escrúpulos, multimillonario, incombustible ante los acosos de la ley, la mafia, el fisco y los guardianes de la moral, regresó en los últimos tiempos a su vieja apuesta de los salones de striptease.

La historia, por supuesto, tendrá que continuar.