Sentido contrario

El sartén por el mango

Tengo en mi cocina un sartén con la firma de Jamie Oliver. Es hermoso. Está en un nicho, como un objeto sagrado. Nunca lo he usado. Costó tan caro que me parece un sacrilegio ponerlo en la lumbre con un poco de aceite y algún alimento. Mi admiración por el cocinero británico me llevó a comprarlo. Durante mucho tiempo seguí sus aventuras gastronómicas a través de sus programas de televisión. Lo vi cocinar en Italia para una numerosa familia rústica que lo apuraba y lo insultaba mientras preparaba su versión de una pasta boloñesa. Ese día tuvo que comenzar por construir una estufa de tamaño suficiente para alimentar a un montón de impacientes tragones que finalmente quedaron satisfechos con sus osadías. A bordo de una desvencijada camioneta viajó por Europa y Australia y se las arregló para llegar a América. En Estados Unidos cocinó con indios y vaqueros en medio del desierto, en Luisiana aprendió a cazar cocodrilos y se adentró en los misterios de la comida cajún y en Los Ángeles compartió sus guisos con los migrantes mexicanos.

Jamie andaría entonces por los 32 o 33 años. Lo había visto cultivar sus legumbres en el jardín de su casa y preparar entre bromas y burlas platillos muy atractivos, sin demasiada grasa ni carbohidratos y elogiando los alimentos orgánicos. A veces cocinaba con sus hijos pequeños y metían todos las manos en la comida, se embarraban entre carcajadas. Su sentido del humor y su sencillez casi humilde dentro de su enorme sabiduría gastronómica eran tan sabrosos como la comida que preparaba en cosa de segundos con el ánimo de un niño travieso.

Lo busqué durante mucho tiempo en la tele tratando de aprenderle recetas, trucos, ideas. Pero desapareció de pronto mientras se desataba el escándalo de su colega Nigella Lawson. Después de que su marido, el acaudalado galerista Charles Saatchi, la golpeara en el curso de una discusión mientras comían en la terraza de su restorán favorito en Londres, la cocinera fue acusada públicamente por sus empleadas domésticas de consumir drogas. Sus programas de televisión desaparecieron entonces en México y en Estados Unidos y de paso también los de Oliver. Siete meses después, en la primavera pasada, Nigella reapareció en la portada de la revista Vogue, madura, atractiva, más delgada y sobre todo dispuesta a una conveniente resucitación.

De James tuve noticia hace unos días, cuando leí un reportaje espléndido sobre su trayectoria. Me quedé con la boca abierta cuando me enteré de que es tal vez el cocinero con mayores ingresos, propietario de una industria compleja y ambiciosa con valor de unos 300 millones de euros, que da empleo a 6 mil trabajadores. Me quedó claro que el risueño muchacho rubio que vestido en fachas juguetea con la comida, mezclando y amasando con las manos, o que emplea los vegetales orgánicos que cultiva en su huerto, vende más que sartenes y recetas de cocina.

Mientras otros cocineros andan peleando a muerte por el prestigio de las estrellas Michelín, buscan el reconocimiento de sus colegas con recetas que parecen fórmulas de laboratorio y pasan las noches sin dormir atormentados por los movimientos de las acciones de sus establecimiento en la bolsa de valores, James parece lejos de cualquier sufrimiento en tanto emprende sin descanso múltiples aventuras juguetonas simple y sencillamente para satisfacer el hambre de su clientela escasamente sofisticada. No les tiene miedo a las hamburguesas ni a las pizzas porque las prepara a su modo, lo mismo que la comida clásica británica.

Si uno lo mira con los cabellos despeinados, sus pantalones de mezclilla, en camiseta o con su camisa desabotonada y zapatos tenis no lo podría identificar como el feliz propietario de una cadena restaurantera con locales lo mismo en Dubái que en China, Rusia o la India, que se despliega sin cesar sobre todo en Gran Bretaña mediante un exitoso sistema de franquicias. A sus 39 tiene, además de sus restoranes y las emisiones televisivas que produce con sus propios recursos, un vasto proyecto de ediciones que incluye libros y revistas, escuelas y tiendas de gastronomía con venta de utensilios para la cocina, desde cucharas hasta electrodomésticos nada baratos, y también una fundación que se dedica a promover los buenos hábitos en la alimentación. Ahora anda tras las posibilidades que ofrecen las redes de internet.

Es evidente que James vive en la mina de oro que ha encontrado a la luz de los fenómenos mediáticos asociados con la alimentación. Está claro que ha llevado el negocio y su popularidad más allá de las cocinas y los restoranes. Tengo la prueba de ello en mi cocina.