Sentido contrario

El presidente en el diván

François Hollande, el presidente de Francia, está paralizado. No puede hacer nada. Está incapacitado para tomar decisiones. Y todo porque vive en una constante búsqueda del amor. El diagnóstico sobre la condición emocional del mandatario francés lo dibuja como una réplica humana de Pepe le Pew, el enamoradizo zorrillo que acosa sin cesar a la gatita Penélope en las animaciones de Looney Tunes, pero viene en realidad del consultorio de un psicoanalista, Jean-Michel Huet, especializado en trastornos afectivos. El psicoanalista describió el estado mental del jefe de Estado francés a solicitud del diario Le Figaro, luego de la publicación del libro Lo que un presidente no debería decir.

Escrito por Gérard Davet y Fabrice Lhomme, periodistas del diario Le Monde, que recogieron las impresiones de Hollande en el curso de unas 60 entrevistas realizadas a lo largo de cinco años, el libro trae de cabeza no solo a los psicoanalistas y a los políticos, sino al país entero. Y todo porque el presidente en funciones, a siete meses de las elecciones que podrían llevarlo a un segundo periodo en El Elíseo, aprovechó los encuentros con los periodistas para lloriquear a gusto, hablar mal de todo el mundo y revivir las polémicas sobre su vida amorosa de adolescente rebelde y sufridor. Se queja hasta del agobio de alimentarse a solas en el comedor presidencial, sin más compañía que un televisor.

Los que no ríen ahora, sollozan. De hecho, las elaboraciones psicoanalíticas de Huet lo llevan a concluir que en tal situación el mandatario parece dispuesto a no presentarse a la contienda por la reelección, un tema que llena de regocijo al ex presidente Nicolás Sarkozy, ansioso por acudir a las urnas en busca del regreso. Hay que decir aquí de paso que Sarkozy no canta mal las rancheras, en la medida en que las metidas de pata no le son ajenas en lo más mínimo, incluidas aquellas en las que salen a relucir sus amargas tragedias amorosas.

De qué tamaño serán las tonteras en que incurre Hollande que hasta con los futbolistas quedó mal. Les dijo que deberían ejercitar el músculo del cerebro y arremetió contra el seleccionado nacional. Por lo pronto, un jugador, Jonas Martin, se apresuró a responderle a través de las redes sociales. Le dijo, entre otras cosas, imitando su estilo discursivo en la pasada campaña electoral: “Yo, futbolista profesional francés, tengo los valores de la solidaridad hacia mis colegas y el amor por la camiseta; soy una persona íntegra, educada y respetuosa con los otros y nunca he discriminado basado en el color de la piel y el origen de alguien”.

A Hollande también se le hizo fácil tirarles unas patadas a los impartidores de justicia. Los calificó de cobardes, en el extremo de una tensa relación que data del gobierno de Sarkozy. Por si no se entendiera el significado de sus palabras, explicó en detalle: “Todos los fiscales, todos esos magistrados, se esconden, juegan a ser virtuosos. No les gusta la política. A la justicia no le gusta la política”. Por supuesto, los magistrados se emberrincharon y le pidieron cuentas. Le hicieron ver que los había humillado y le exigieron una disculpa. Apenas pudo, el mandatario les dirigió una carta a todos aquellos que quedaban involucrados en el desaguisado, en la que aseguraba que “lamentaba profundamente lo que ha sido percibido como una herida por los magistrados”.

Con un índice de popularidad por debajo de los registros históricos, el presidente recibió una respuesta de uno de los magistrados más encolerizados por sus observaciones: “Ahora sí que ya no debe presentarse a las elecciones en busca de un nuevo periodo; por su partido, por Francia y por él mismo”.

Muchos coinciden con esa observación, incluidas algunas figuras de destacada trayectoria. Escandalizado, el senador Jean-Pierre Raffarin ha expresado: “Es una tontería desesperada y desesperante”, y se preguntó con indignación: “¿Dónde está la función presidencial, dónde está su pudor, su intimidad?”.

Pero tal vez lo peor es la manera como el mandatario se exhibe como dueño de la vida y destino de sus mujeres. Habla sin piedad de la relación desprovista de compromiso que mantiene con su actual “pareja”, Julie Gayet, mientras asegura que es Ségolène Royal, la madre de sus cuatro hijos, a quien abandonó por Valérie Trierweiler, la mujer a la que verdaderamente quiere. Ninguna de ellas está cerca de una formalización.

Los gritos y sombrerazos están a la orden del día en Francia y el nombre de Hollande está cubierto de lodo. Y eso que el volumen lleva menos de una semana en las librerías donde, eso sí, se vende como pan caliente.