Sentido contrario

Al pie del Vesubio

Durante siglos Pompeya fue un erial áspero y polvoriento, habitado solo por un montón de escombros chamuscados. La pequeña ciudad a la orilla del Golfo de Nápoles tuvo un pasado de esplendor que comenzó a salir a la luz muchos años después de la erupción del Vesubio que la redujo a nada en una noche de terror en el verano del año 79 d. C. Plinio el Joven escribió la detallada crónica de aquella jornada de lava y fuego mientras su tío, Plinio el Viejo, agonizaba sofocado por los vapores de azufre, apenas en tierra luego de llegar ambos en barco, atraídos por las humeantes llamaradas.

Cuando los arqueólogos empezaron a ponerles pies y cabeza a aquellos escombros chamuscados supieron que la vida que llevaban quienes ahí vivían era sobre todo de placer. Hallaron baños públicos adornados con pinturas eróticas, tabernas, prostíbulos y un estadio en el que cada uno de los vecinos tenía un lugar reservado. Encontraron también numerosos vestigios del culto al falo que practicaban hombres y mujeres: esculturas, vasijas, accesorios, frescos, joyas. Reunidos por los pasmados estudiosos, los elocuentes testimonios de aquella alegre vida fueron a dar a lo que se identificó enseguida como el Gabinete Secreto del Museo de Nápoles.

Pero la cosa no quedó en el hallazgo de una suerte de paraíso erótico, una tierra de perdición. A mediados del siglo XIX se le ocurrió a uno de los arqueólogos que participaban en el rescate de los vestigios de aquella pequeña ciudad inyectar una sustancia plástica bajo las capas de lava petrificada. El resultado de su novedoso procedimiento puso a la vista del mundo entero las dramáticas imágenes que relataban las incidencias de aquella noche de horror y muerte. A modo de fantasmales esculturas, aparecieron entonces las figuras de hombre, mujeres, niños y animales sorprendidos por la muerte mientras dormían, crispados en un postrero estertor, en actitud de fallida huida, algunos suplicantes, otros abrazados y algunos resignados ante su destino.

Durante mucho tiempo los investigadores asumieron que prácticamente la población entera de Pompeya había muerto asfixiada por los gases y las cenizas que precedieron en su momento a los ríos de lava que arrojaba el volcán en su súbito despertar. Sin embargo, muchos dan como válida la teoría más reciente de que habrían fallecido a consecuencia de una violenta y vertiginosa oleada de calor. Dicen algunos especialistas que las actitudes de las figuras recuperadas son característica de quienes son sorprendidos por la muerte de manera instantánea. Calculan que fueron sometidos durante poco más de 60 segundos a una temperatura de unos 300 grados centígrados.

Sin embargo, las posturas de los “cadáveres” descubiertos no son siempre pasivas, como debiera ocurrir en caso de una muerte súbita. Muchos de los cuerpos ponen en evidencia largos minutos de sufrimiento y agonía antes de la muerte: aparecen en cuclillas, de rodillas, retorciéndose, tirados boca abajo en un estertor o en actitud de desesperada búsqueda de oxígeno en un eterno momento de asfixia.

Lo que quedaba de Pompeya fue descubierto a la mitad del siglo XVIII, poco después del hallazgo de las ruinas de la vecina Herculano, devastada también por la erupción del Vesubio. Los vestigios de aquella ciudad y las hipótesis sobre su fatal destino dejaron entonces al mundo entero con la boca abierta. Muy pronto se supo que los saqueadores habían transitado por sus ruinas antes que los arqueólogos, cargando en sus alforjas toda suerte de reliquias, muy cotizadas en el mercado negro de las antigüedades.

Por raro que parezca, Pompeya ha permanecido prácticamente en el abandono desde que fue mínimamente restaurada y recuperado en buena medida su trazo urbano. Bajo la mirada somnolienta de un pequeño grupo de guardias, los turistas recorren a menudo sus callejuelas empedradas, comen en los pequeños restoranes cercanos y compran baratijas en unas cuantas tiendas. De hecho, Pompeya es una de las piezas clave en el mapa turístico de Italia. No obstante, sufre un continuo deterioro, asociado muchas veces con el turismo. De pronto sus muros se desmoronan por sí solos, vencidos por el tiempo y el clima, y no falta quien deje su nombre tallado en un fresco, arroje basura o se adueñe de un fragmento de piedra. Pero también hay depredadores arrepentidos. Hace unos días, una canadiense devolvió a la policía italiana entre llantos el fragmento de una escultura de terracota que había robado de Pompeya hace 50 años. Dijo que quería dormir tranquila, como duermen aún miles de cuerpos bajo la lava, como duerme una historia todavía incierta.